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LOST (serie), de J. J. Abrams & Damon Lindelof (tercera temporada)
No sé si Dios existe, pero… Gracias a Dios que Lost ha regresado.
El final de la segunda temporada mostraba, al igual que la primera, los desastrozos resultados por parte de los perdidos a la hora de enfrentar a “los otros”, y no sólo eso, pues ahora la escotilla ya estaba abierta, Locke perdía la fe…
Una de las mayores virtudes de “Lost” es que los personajes son seres complejos. Si bien la estructura narrativa se basa en ir develando de a poco los backstorys de los personajes -cosa que muchas series, ahora, están haciendo- al mismo tiempo que se desarrolla la trama en la isla misteriosa, no es sólo una cuestión de acierto en la elección de estructura narrativa, sino que la creatividad que se pone en juego es mayúscula. Los personajes son complejos, sus historias son complejas y, en más de un caso, sorprendentes.
Por lo general, una de las características de la serie es que “nada es lo que parece”. Sin embargo, la utilización de ese recurso no resulta forzada en lo absoluto. La complejidad de los personajes hace que cada visita a su pasado sea, al igual que cada vuelta de tuerca de la trama en el presente/isla, un descubrimiento, una sorpresa, una nueva forma de acercarse a ese ser al que aprendimos a querer o a detestar. Nadie es del todo bueno, y nadie del todo malo.
La tercera temporada -de la cual hasta ahora ya se estrenaron cuatro capítulos- ES una vuelta de tuerca en más de un sentido. Desde lo promocional, se anuncia que se centrará en develar el pasado de “los otros”. Y, quizás como consecuencia lógica de ello, como introducción a ese nuevo ángulo desde el cual observar lo que se descubrió hasta ahora, los pasados de los personajes que se muestran ya no son tan agradables. Si en las primeras dos temporadas la narración de los backstorys hacía hincapié en lo perdidos que estaban en sus vidas antes del accidente, antes de quedar perdidos en la isla, y para ello se los mostraba, en cierto sentido, como víctimas, como seres superados por las circunstancias, por el medio que los rodeaba, que podía ser tanto o más hostil que la jungla que los rodea, en esta nueva temporada los pasados que se mostraron hasta ahora (el doctor Jack en el primer episodio, la coreana Sun en el segundo, el ex-tra-or-di-na-rio Locke en el tercero, el estafador Sawyer en el cuarto) comienzan a dejar evidencia no sólo de las tristezas de esos personajes como antes, sino también de sus miserabilidades, de sus debilidades, de que no son tan buenos como creíamos, quizás porque nadie lo es.
Para los ansiosos, les adelanto que en el primer capítulo (la primera escena es indispensable, reformula toda la serie) sabemos qué ocurrió con Jack, Kate y Sawyer luego de que fueran apresados por los otros, en el segundo sabemos del intento de Sayid, Sun y Jin por sorprender a los otros, en el tercero sabemos -¡al fin, era lo que más me importaba!- qué ocurrió con Locke, Eko y Hume (gran personaje, tiene todo para crecer hasta convertirse en clave), y en el cuarto, entre otras cosas, Kate finalmente elige entre Jack y Sawyer para decir “lo amo”…
Lo dicho, “Lost” ha vuelto. Gracias a Dios, exista o no.
Add comment 26/10/2006
DEADWOOD, de David Milch (Serie, Temporada 3)
La primera temporada había sido, si se quiere, perfecta. La segunda había bajado un poco el nivel, y hacía temer la continuación. La tercera temporada (la última que emitió HBO hasta ahora en USA) es, creo, la mejor de las tres. Porque si en la primera se podían disfrutar los personajes principales (Seth Bullock/Timothy Oliphant, el sheriff con mal carácter, y el más que extraordinario Al Swearengen/Ian Mc Shane, el dueño de la principal taberna y prostíbulo) y cómo se constituía su relación, la tercera temporada trae consigo, como suele suceder en las terceras temporadas de las buenas series, un antagonista mayor que obliga a modificar las reglas de juego, a conseguir que los dos protagonistas enfrentados deban reunir fuerzas. Y, por si eso fuera poco, los personajes secundarios crecen, y crecen. Y, por si fuera poco, la historia no se resuelve sólo a los tiros, sino que en este caso se trata más de una partida de ajedrez entre los habitantes originarios de Deadwood y el hombre capaz de comprar todas las voluntades (o destruír a quien se imponga en su camino), George Hearst/Gerald Mc Raney. Y, por si fuera poco, el elenco agrega a ese gran actor que es Brian Cox en el rol de Jack Langrishe, un productor teatral que desea llevar el arte a ese recóndito y bestial pueblo. Deseos y miedos se conjugan de forma casi matemática, y en cada capítulo uno espera ese enfrentamiento que los personajes no cesan de advertir que se producirá. Lo mejor, claro, queda para el final. Y, como casi todos los buenos finales, deja la puerta abierta para lo que será la cuarta temporada de Deadwood, en la que, como suele decirse, ya nada será lo mismo. Mi única pregunta al respecto es cómo podrán mantener este nivel superlativo.
Add comment 10/10/2006
HOUSE M.D., de David Shore y Bryan Singer (serie)
Antes que nada, una aclaración. Al igual que la mayoría (supongo), las series ambientadas en hospitales me tienen harto. E.R., que se supone está ubicada en la cúspide de esta pirámide plagada de escalpelos y estetoscopios sólo sirvió para dar a conocer al gran George Clooney: el resto, fue poco más que una telenovela.
Sin embargo, así como debo reconocer que pese a las recomendaciones me acerqué a House M.D. con cierta aprehensión, también debo afirmar, ahora, que fue una sorpresa más que grata. Surge, entonces, la primera pregunta. ¿Qué es House M.D.? O, mejor dicho, ¿quién es el doctor House?
Gregory House (Hugh Laurie, en lo personal lo recuerdo como el loquito que manejaba una especie de helicóptero precario en alguna de las Mad Max, no sé cuál pero esos ojos de huevo duro son difíciles de olvidar, aunque en aquel entonces era rubio) es médico clínico. Es decir, es un especialista en todas las enfermedades, aquel que debe detectar la enfermedad para que, llegado el caso, luego sea tratada por un especialista. Justamente, la mayor especialidad del doctor House radica en que sabe diagnosticar como nadie. Dirige un equipo de tres médicos especialistas que lo ayudan cuando los síntomas, en su conjunto, no condicen con lo típico de una enfermedad.
Gregory House, además, tiene una curiosa (o no tanto) hipótesis: los pacientes mienten. Por vergüenza, por no quedar internados o vaya uno a saber los motivos, los pacientes tienden a escatimarle información a los médicos o, peor aún, brindarle datos falsos que, en la práctica, los desorientan aún más. Uno de los capítulos de la primera temporada trata sobre una mujer que, avanzado el capítulo, se teme que padezca un mal propio del África, y de ser esto así la única forma que lo haya contraído es por vía sexual. Como la mujer está felizmente casada (y, a esa altura, en coma), la única posibilidad es que ella o el marido hayan sido infieles. El hombre lo niega, y a su vez dice que ella sería incapaz de algo semejante. Finalmente, accede a que apliquen en su esposa el tratamiento sobre esa enfermedad, y al descubrir que ella se cura -es decir, al comprobar que ella le había sido infiel- la abandona. Con vida.
El doctor House, a partir de esa hipótesis que rige su trabajo, es un tipo de pocas pulgas. Prefiere no tratar con los pacientes en persona -tráiganme los resultados de los análisis, suele decir-, y cuando no tiene más remedio que enfrentarlos los maltrata, al igual que a sus ayudantes y compañeros. De una forma u otra, todos lo toleran. La razón es muy sencilla: Gregory House es un genio, y más allá de su mal carácter y su personalidad hermitaña siempre termina por salvar a sus pacientes, por vencer a la enfermedad.
Por si fuera poco, es adicto a los calmantes. Tiempo atrás padeció un infarto en la pierna, y debieron quitarle algunos músculos, razón por la cual el tipo se queja todo el tiempo y se traslada de un lado al otro apoyado en su bastón.
En fin: el doctor House es un tierno que la va de duro, pero cuando la va de duro lo hace hasta las últimas consecuencias.
Uno de los mayores aciertos de la serie es el planteo: el villano, por así decirlo, es la enfermedad. Y el paciente, además de víctima de la enfermedad (lo cual resulta la columna vertebral de todas las series hospitalarias), es en cierta forma su aliado. La enfermedad se oculta luego de haber cometido un crimen, y el doctor House debe desentrañar el misterio apelando a la lógica e investigando por distintas vías. Lo que se dice un verdadero detective.
No importan tanto los principios médicos -que los hay- como la forma en que el detective/clínico se enfrenta a la enfermedad/criminal para dejarla al descubierto. Mientras en el policial clásico el criminal descubierto es castigado con la cárcel, en doctor House es castigado con la cura.
Entre los creadores de la serie figura Bryan Singer, el mismo que dirigió “The usual suspects” y las dos primeras partes de “X-Men”, un tipo que sabe cómo narrar y cómo explorar en la psicología de los personajes. De hecho, en alguno de los capítulos se permite un cameo. No es casual su presencia, porque la serie explora con sabiduría la psicología de los personajes, con una trama sólida.
Está el amigo de House, experto en cáncer, de buen corazón (al menos el suficiente para soportar a su amigo). Está, también, la directora que lo aguanta porque reconoce sus virtudes pero siempre intenta fijarle (infructuosamente, por suerte) límites. Y los tres ayudantes tienen perfiles diferentes pero complementarios. Sólo destacaré a la doctora Cameron (la de la foto de acá al lado), no sólo hermosa sino perdidamente enamorada del doctor House. Y uno, al verla, envidia a ese tipo con toda el alma.
Otra de las virtudes de la serie son los diálogos y, fundamentalmente, el manejo de los silencios, el saber cuándo en una conversación las palabras sobran y un juego de miradas, en la piel de buenos intérpretes, es una ayuda inmejorable para la trama.
La serie terminó su segunda temporada en Estados Unidos la semana pasada, con un capítulo imperdible, que da una vuelta de tuerca más que interesante acerca de House y su utilización de la lógica para resolver casos: él es el paciente.
Lo dicho: las series hospitalarias generan sabios resquemores y urticarias, pero el doctor House merece una oportunidad.
2 comments 01/06/2006
LOST (serie), de J. J. Abrams (segunda temporada)
El miércoles pasado, con un episodio doble (23 y 24), finalizó en Estados Unidos la segunda temporada de Lost. El temido encuentro con los otros es un hecho, y quedan preguntas, tantas preguntas…
Es usual que las series utilicen el sistema de generar intriga para capturar al espectador. Un ejemplo de ello es Prison Break, sobre la que ya hablé, en la que la tensión acerca de la fuga se mantiene en forma constante. Otro ejemplo de ello era “X-Files”, en la que
las piezas del rompecabezas acerca de lo que investigaban Mulder y Scully se escatimaban hasta que, al final, terminaba por desilusionar a los pobres santos que habían soportado toda la historia (ejemplo de ello es la muerte de los tres Long Gunmen, gratuita, más para sacarse de encima a unos queribles personajes que otra cosa).
En Lost, por el contrario, capítulo a capítulo se puede apreciar que el equipo de
guionistas saben lo que hacen, hacia dónde van. Los flashbacks constantes son reformulados en cada visita al pasado de los personajes, y al mismo tiempo permiten sospechar -sólo sospechar- qué es lo que puede ocurrir en esa isla. Las pistas adquieren significado, y permiten entrever algo más complejo, que mantiene tanto la pregunta como el deseo de responderla.
Suele decirse cuando se llega a determinado punto de una historia que ya nada volverá
a ser lo que era. En Lost eso ocurre en casi todos los capítulos. Es verdad que algunos episodios de esta segunda temporada fueron menos interesantes que otros: por lo general, dada la estructura, cada capítulo queda muy relacionado con un personaje y su pasado que permite reformular el presente de la isla, y si a uno ese personaje no le interesa demasiado, pierde atractivo. Sin embargo, debe reconocerse que el tándem de personajes de la primera temporada se vio enriquecido con la llegada de otros nuevos (¿cómo no querer a Mr. Eko?), y que el espiral de conflicto que lleva la serie no deja de crecer, y nos arrastra.
Lo dicho: luego del final de la segunda temporada, nada volverá a ser lo que era. La pregunta, entonces, es qué será. Lo maravilloso es que, por más que lo pensemos y analicemos, resultará imposible deducirlo: Lost se basa en sorpresas, esa clase de sorpresas que nos hacen desear que llegue octubre para la tercera temporada para continuar disfrutando de algo que es, ni más ni menos, una gran historia.
Un detalle: el día de su emisión, Lost debió competir con la final de American Idol, y perdió en el rating. Otra muestra de que a veces sería mejor perderse en esa isla.
Add comment 29/05/2006
PRISON BREAK, de Paul Scheuring
Antes de crear esta serie, Paul Scheuring exhibe en su currículum un bodrio inenarrable como “A man apart”, protagonizada por ese fallido intento de la industria cinematográfica por imponer un nuevo “action hero”, Vin Diesel, quien aparentemente suponía que la falta de gestos implicaba dureza. Habiendo visto -en verdad, padecido- ese antecedente, las esperanzas sobre “Prison Break” eran pocas. Pero la historia demuestra que en Hollywood muchas veces meten mano personas inadecuadas, y me permito abrigar esa esperanza para el currículum de Paul Scheuring, pues la serie que creó el año pasado lo amerita.
“Prison Break” probablemente no va a pasar a la historia de la televisión. Es, por así decirlo, una serie sin pretensiones. Sin más, es la historia de una fuga carcelaria. Y, sin embargo, cada uno de sus capítulos -con sus más y sus menos, claro- resulta electrizante. El argumento es simple: Lincoln Burrows (Dominic Purcell, el protagonista de John Doe, esa serie que tenía elementos para ser muy buena y sin embargo no lo fue) es encarcelado luego de que se lo acuse de haber asesinado al hermano de la vicepresidente de los EEUU, y aguarda su condena a muerte; Michael Scofield, su hermano (el cambio de apellido es parte de su plan) da con los planos de la cárcel, esboza lo que sería un plan perfecto para rescatar a su hermano, simula el asalto a un banco y es enviado a la misma prisión. Su objetivo es liberar al hermano (de quien cree que es culpable) y fugarse juntos. El problema surge de dos elementos: no pueden hacerlo solos y, al mismo tiempo, cualquier inconveniente dará por tierra con la totalidad del plan. Para refrescar la memoria, Michael tiene una idea: se tatúa en el cuerpo las partes de los planos de la penitenciaría junto con otros elementos que deberá utilizar para efectuar la fuga. Esta primera temporada, de 22 capítulos, da cuenta de eso.

Como toda buena serie que se precie -o debería decir como toda buena historia que se precie-, lo más rico yace en los personajes secundarios. Si bien las intenciones de Scheuring no son retratar el ámbito carcelario desde una óptica antropológica -como sí lo hacía la extraordinaria “Oz”-, la fauna que muestra es interesante: racistas, latinos, negros, mafiosos, inexpertos, e incluso un viejo lobo de mar que, por supuesto, conoce todos los códigos y ayudará a Michael. La trama se basa fundamentalmente en los escollos que deben atravesar Michael y los suyos para materializar la fuga, pero hay también otros elementos que sazonan la receta: una conspiración que involucra a las cabezas del poder político norteamericano, una ex novia de Lincoln que es abogada y trata de sacarlo “por las de la ley”, un romance con una médica…
Como decía en un principio, es probable que “Prison Break” no pase a la historia. Como también decía, es electrizante, y en muchos casos impredecible -virtud que, hoy, comparte sólo con “Lost” y, quizás, en menor grado, “House M.D.”-. Una de esas series que una amiga definiría como “pochoclera”, pura diversión, puro ingenio. Lo cual, por cierto, no es poco.
Un detalle: por cómo terminó la temporada, Fox ya anunció que la siguiente no se llamará “Prison Break” sino, probablemente, “Fugitives”. Habrá que ver si llegan en calidad al nivel que supo perseguir el doctor Richard Kimble.
Add comment 18/05/2006



