Posts filed under 'Roberto Fontanarrosa'

"Palabras iniciales", por Roberto Fontanarrosa

Cómo, por qué escribir, según el Negro.

Acá.

Add comment 20/07/2007

Día del amigo

Cuando se muere un hombre público los medios de comunicación se hacen eco del suceso, y lo difunden. Cuando muere cierta clase de hombre público, se agregan otros canales de información, más informales.
Me enteré, ayer, a eso de las cuatro de la tarde por un mail de alguien que trabaja en una agencia de noticias. Automáticamente, le avisé a mis compañeros de oficina, hice tres o cuatro llamados telefónicos, algún mail.
Ayer por la tarde la gente se avisaba -por mail, por teléfono- que un integrante de cierta clase de hombre público había muerto.
Y se avisaban por esos medios porque lo que se compartía no era la noticia, sino el dolor. La noticia dolía. Y duele.

***

El Negro Fontanarrosa fue un humorista. Hizo sus primeras armas en un género bastardeado como la historieta y el “cartoon”, demostrando maestría para ambos, pero demostrando, además, que tenía un ojo impresionante para detectar absurdos donde otros ven regularidades.
Integró la generación de humoristas que arrancó con Hortensia y Satiricón. Una generación fuertísima, que sin dudas dejará huella (“yo he dejado huella en el camino pero luego pavimentaron”, dijo alguna vez Fontanarrosa). Una generación irreverente, que reformuló el humor y cuyos ecos renovadores hoy se ven, por ejemplo, en el gordo Casero o en el flaco Capusotto.

***

Hacía mucho que no lloraba ante la noticia de la muerte de alguien a quien sólo conocía por su obra. El último había sido Olmedo. Casualmente, también rosarino. Casualmente, también humorista. Casualmente, también Negro.

***

La historieta y el “cartoon” fueron, por así decirlo, la columna vertebral de su obra. Pero no se detuvo allí. Pasó a la prosa, primero con la novela y luego con el cuento. Allí, demostró que no sólo tenía ojo para detectar el absurdo sino también un oído sutil que captaba y plasmaba formas del habla, tanto popular como erudita. Recuerdo pocos autores que hayan sabido hacerlo tan bien -¿Laiseca, quizás? ¿Puig, tal vez?-, con tanta eficacia, con semejante belleza.
Su obra, por así decirlo, se estructuraba en el dibujo y en la palabra. Por una cuestión temporal, entró en la prosa luego de haberse desarrollado en el dibujo. Es esta secuencia la que, creo, lo ubicó en el imaginario de ciertos pacatos como alguien que entraba en la literatura por la ventana, que triunfaba en la literatura -en ventas- porque era sólido en su otro ámbito. Es probable, sí, que esa difusión adquirida en un medio más masivo haya favorecido la inserción en un número apabullante de lectores. Es probable, también, que esa difusión haya generado resquemores entre los puristas.

***

A ver, trataré de ser claro: el simple hecho de que alguien intente definir qué es la literatura me parece un acto de arrogancia y pedantería. Remarco: no digo analizar literatura, sino definirla, adjudicarse el poder de determinar qué es lo que está dentro y fuera de ese universo supuestamente cerrado. Curiosamente -o no-, el universo definido en estas pampas excluye a dos de los autores que más aceptación del público tuvieron en las últimas décadas: Soriano y Fontanarrosa. Resulta curioso, por lo menos, comprobar que desde esa óptica la literatura se concibe y define como objeto cerrado, inmune a lo que sucede alrededor. De acuerdo a ese sistema inclusivo y excluyente a la vez, los lazos sociales y comunicacionales entre lector y autor parecen estar ausentes. Parece estar ausente, digo, el acontecimiento social de la literatura. No sé bien qué es lo que permite identificar el hecho de que una obra literaria genere una comunión con un amplio grupo de lectores, pero sin dudas significa algo que va más allá de maquinarias de marketing. Reitero, no sé lo que es, pero sé que es algo. Algo que suele ser excluido por personas cuyo concepto sociológico más moderno en sus vocablos parece ser la palabra “burgués” -es decir, que sufren un retraso en sus relojes de aproximadamente doscientos años-.

***

Las fechas se me confunden. Creo que fue el año pasado cuando, en Cartagena de Indias, en un congreso literario, Fontanarrosa fue distinguido por sus pares debido a su trayectoria -y, no nos engañemos, también debido a su muerte inminente-. Al recibir el premio, con absoluta humildad e ironía, el Negro dijo que se trataba de una distinción muy importante, tanto que en su Rosario natal la población iba a cortar las calles para festejar el logro de su coterráneo.
Fontanarrosa, creo, ignoraba que ese agradecimiento se iba a televisar en la Argentina.
Cuando regresó, la gente cortó las calles para festejar la distinción que había obtenido -y, no nos engañemos, para mimarlo un poco debido al pavor que provocaba la proximidad de la muerte-.
Vi muchas veces la pantalla del televisor que me mostraba a ese Fontanarrosa sorprendido, anonadado, con los movimientos ya restringidos, que se abrazaba con su mujer y lloraba por el agradecimiento.

***

El llanto expresa, por lo general, dolor. Y el dolor expresa, casi siempre, sufrimiento.
Luego de tantas pero tantas risas y carcajadas, el llanto de ayer es un costo diminuto.

***

Fontanarrosa, como todo gran escritor, poseía una gran virtud: hacía parecer fácil lo dificilísimo. Creo que todos los que se plantaron ante el teclado o la hoja en blanco saben lo extremadamente dificultoso que resulta arrancar una sonrisa con la palabra escrita, ni que hablar de una carcajada.
Los cuentos de Woody Allen logran eso. Los de Fontanarrosa, también.
En los de Fontanarrosa, creo, hay un plus: hay una mirada, una disección de una forma de ser particular -¿nacional? ¿la argentinidad?-, una ternura que desborda, que hace que sus lectores sepan que se les habla de igual a igual, que no necesita esconderse tras un pedestal de supuesto saber.
Digo: eso no es sólo tener talento. Eso es tener pelotas.

***

Alguna vez, durante la década del ´80, el semanario El periodista publicó una encuesta a escritores. Entre otras preguntas, estaba el por qué escribían. La mayoría de las respuestas eran análisis sesudos, más o menos teóricos, que intentaban dar cuenta de las dificultades de abordar la condición humana. García Márquez dio la respuesta más sencilla, porque en una sola oración exponía la condición humana y se exponía a sí mismo: “escribo para que mis amigos me quieran”, dijo.
Y creo que Fontanarrosa debía coincidir, y mucho, con esa afirmación.
Y, con su escritura, hizo de lectores anónimos amigos que, sin formación teórica, sin manuales bajo el brazo, se acercaban para decirle “me hiciste cagar de risa”.
Quizás sea tan simple como eso, el objetivo de escribir.

***

Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias.
Ojalá algún día te llegue ya no a los talones, sino a la uña del dedo gordo del pie.
Feliz día del amigo, y hasta siempre.

1 comment 20/07/2007

Fontanarrosa, again

“La derrota enseña más que la victoria, pero ¿quién quiere que le enseñen tantas cosas?”.

Fontanarrosa, brillante en la despedida del mundial. Acá.

Add comment 01/07/2006

El mundo según Fontanarrosa

EL REY DE LA MILONGA

Autor: Roberto Fontanarrosa

Género: Cuento

Otros libros del autor: El mundo ha vivido equivocado, Nada del otro mundo, Usted no me lo va a creer.

Editorial: Ediciones de la Flor, $28.

Al margen de los canales académicos, desde hace más de veinticinco años Fontanarrosa ha ido constituyéndose en una voz indispensable para la literatura argentina.

Llegado determinado punto de la trayectoria de un autor, resulta difícil separar su última obra de las anteriores. Ello sucede cuando se ha generado un conjunto que constituye una forma específica de ver el mundo. Una forma que se delinea desde la mesa de un bar –de acuerdo con la mitología, el rosarino El Cairo- y en la que no sólo importa su forma de ver, de descubrir lo absurdo, sino también su forma de escuchar. Los cuentos de Fontanarrosa logran plasmar de forma extraordinaria los distintos discursos. El rosarino sabe ver y sabe escuchar, y sabe plasmarlo.

Por lo general resulta más difícil hacer reír que llorar, y más aún si se hace por escrito. Si un cuento logra arrancar carcajadas, se debe a la mano diestra de su autor. Fontanarrosa consigue, en su último libro, arrancar más de una carcajada. Y no sólo en Un hombre de carácter o en Cuando se lo cuente a los muchachos –los puntos más altos del libro-, sino que la risa se genera a lo largo de la totalidad de este excelente seleccionado de cuentos.

En el libro están algunos temas recurrentes del rosarino: la mesa de amigos –Una interesante observación sobre las narigonas-, el fútbol –El pensador- y esa maravillosa ductilidad para adaptar el escrito a distintas formas de discurso, ya sea lo intelectual –Sara Susana Báez, poetisa-, lo histórico –El sueño del general Cornejo- o lo tanguero –El rey de la milonga-. Al igual que en el resto de su obra, es posible inferir en estos cuentos algunos rasgos de su autor. Un tipo sencillo, de barrio. Un gran tipo, que no sólo sabe cómo llegar al lector sino que nunca lo traicionó con espejitos de colores.

(publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil, domingo 8 de enero de 2006)

Add comment 15/01/2006


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