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Tamarisco gratuito

En una decisión tan inusitada como inteligente, la gente de Editorial Tamarisco -Bruzzone, Vanoli, Gorodischer, Budassi- decidió regalar los primeros libros que editaron. De esta forma, es posible bajarse gratis de la web las versiones pdf de Toronto No de Leonel Lifchitz y de la muy recomendable antología que reúne un cuento de cada editor, Hojas de Tamarisco.
Desde acá, mis felicitaciones por la iniciativa.

1 comment 06/08/2007

"Hojas de Tamarisco" (antología)

Lo que dirá la leyenda: cuatro jóvenes, hartos del sistema literario imperante, se juntaron y fundaron su propia editorial. La editorial fue bautizada “Hojas de Tamarisco”; dice, la solapa: “Editorial Tamarisco es, antes que nada, apuesta y búsqueda: que los buenos nuevos libros proliferen y crezcan en cualquier superficie”, lo cual es una declaración de principios más que elogiable.

Debo confesar que cuando me enteré por interpósitas personas del proyecto mi temor era que se tratara de una de esas editoriales “a pulmón” que, dado que lo son, publican ediciones impresentables, que da cosa ya el agarrar los libros. Los cuatro fundadores de Tamarisco, en cambio, optaron por la belleza. El resultado, desde la presentación, es casi inmejorable. Sutil, delicado, nada que ver con mis temores. Así que en ese sentido les agradezco.

Los cuentos publicados en la antología son cuatro, tantos como fundadores tiene la editorial, uno para cada uno. Voy a ellos, entonces, en estricto orden de aparición.

“Llegar a otro miércoles”, de Hernán Vanoli, me produjo, al finalizar su lectura, una sensación encontrada. Desde el punto de vista racional, respondía al tipo de literatura que en general no me gusta. Sin embargo, debo admitir que en la cuarta línea del texto ya me había atrapado con una narración apabullante, que de a ratos recuerda (por temática, no estilo narrativo) al documental “Balnearios”, en el mejor sentido. Intenso, veloz, Vanoli posee una voz a la que merece prestarle atención en el futuro.

“Otras fotos de mamá”, de Félix Bruzzone, es una verdadera joya. Y no lo digo porque Félix cada tanto deje comentarios en el blog, ni porque sea tan fanático de Independiente como yo. Félix Bruzzone, me atrevo ahora, será un gran escritor. Y digo más: lo es. Su cuento es un uppercut, pero en el buen sentido. A partir de una temática (hijo de desaparecidos en busca de recuerdos de su madre) que en otros habría llevado al melodrama más barato, en Bruzzone es un relato sutil, doloroso, íntimo, conmovedor, que permite adentrarse en lo que no se muestra en una primera lectura. Con mano firme, Bruzzone escribió un cuento que merecería estar en cualquier antología que aborde el tema, si es que ésta apela al buen gusto en vez de al populismo. Muy bien diez, felicitado, y recomendación de beca de por vida.

“Acto de fe”, de Sonia Budassi, es interesante. “Una extranjera rodeada de prejuicios”, dice en la solapa. Y es lo que es. Una voz narrativa femenina pero no feminoide transporta al lector a lo largo de las páginas en una travesía llena de patetismo (no en el relato, sino en los conflictos que debe enfrentar la protagonista), que permite una reconstrucción del propio espacio de la narradora. Desde mi punto de vista, y sé que es tarde para decirlo, lo habría acortado un poco. El resultado, de todas formas, está muy bien aunque mi temor es que en futuras obras Budassi abuse (“Budassi abusa” sería buen título para un cuento, ahora que lo pienso) de ese patetismo que está bien para un cuento. Ojo al piojo.

“Tréboles”, de Violeta Gorodischer, es digno de objeto de estudio. La idea es muy buena, la estructura es perfecta, el tono acorde a lo que se relata (la protección de una madre por su hijo, atisbos de locura por medio de un relato plagado de elipsis), y sin embargo no alcanza el muy bien. Digo, y espero que Violeta no se ofenda: en “Tréboles” se identifica con claridad el germen de una voz potentísima, pero la sensación que me queda luego de leerlo es que Gorodischer manejó muchas variables al mismo tiempo, le prestó muchísima atención a todas, pero quizás por eso mismo terminó por dejar de ver el bosque para centrarse en los árboles. No se trata de que el cuento esté mal, todo lo contrario: está bien, pero lo que me incomodó al leerlo era que podía estar excelente. Si debiera resumirlo en una palabra, diría que el cuento está muy contenido. O que es muy cerebral. De todas formas, hay en Gorodischer elementos que permiten, también, que uno esté alerta para leer sus próximos escritos y, en lo personal, quedo a la espera de que libere ese huracán contenido en su prosa.

Resumiendo: cuatro cuentos que merecen ser leídos, y un proyecto al que vale la pena apoyar. Recomendación absoluta o, como diría Cerati, recomendación total.

10 comments 20/08/2006

PEDRO MAIRAL: El año del desierto

Tuve la suerte de conocer a Pedro Mairal en la presentación de “La joven guardia”. Me cayó bien. Durante el acto de presentación propiamente dicho, en el escenario, aprovechó para esconderse detrás de los antologados, cerveza en mano. Más tarde, cuando Maxi Tomas nos presentó, me dijo algo así como “esta noche recién empieza”. Lamentablemente, para mí terminaba pues estaba muy cansado. Mairal me cayó más que bien.
Hasta entonces había leído “Una noche con Sabrina Love” (que no me había terminado de convencer, si bien le reconocía prolijidad en la escritura) y “Hoy temprano” (que me había resultado extraordinario, a años luz de la novela, como si los cuentos los hubiese escrito otra persona, mucho más madura, mucho más decidida y segura). No leí sus libros de poemas, de los cuales tenía buenas referencias, por el hecho de que es un género que en lo personal no me interesa.
Llegué a “El año del desierto”, como podrá entenderse, con expectativas altas. Y, una vez terminada la lectura, me di cuenta que había sido amarrete con Mairal. Voy a decirlo rápido: “El año del desierto” es lo mejor que escribió Pedro Mairal hasta el día de hoy, lo cual ya es decir mucho. No sólo eso: Mairal logra en sus páginas dejar en claro sus intereses -lo íntimo frente a lo público, eligiendo con fuerza lo primero- y al mismo tiempo utiliza esos intereses para explotar el estilo literario. Así, narra una historia que de cajón pertenece al género fantástico desde la óptica de una secretaria/recepcionista, y esa elección le permite fragmentar lo público a partir de lo íntimo: no interesa el proceso histórico que se vive en el afuera, sino que se trata de ir armándolo a partir de la mirada fragmentaria de la protagonista. Y la mirada de la protagonista parte siempre del encontronazo con el exterior, no de un interés personal por abrevar en él. Así, no interesa por qué pasan las cosas -de ahí que no sea ciencia ficción sino fantástico- sino qué cosas de las que pasan la afectan a ella.
En un reportaje que dio a “Página/12″, Mairal dice que intentó dar cuenta de los miedos de la clase media local. No sólo lo intentó: lo logró sin caer en lo panfletario, sin ubicarse en un rol de juez sino, simplemente, de escritor. Perdón: de Escritor. Con mayúsculas.
El tiempo lo confirmará o no, pero, hoy, me parece que Pedro Mairal alcanzó en literatura con “El año del desierto” lo que ya había logrado “El eternauta” en la historieta: la posibilidad de traspasar los límites (del género, del territorio y su pobreza) y dejar boquiabierto al lector. Si el placer de la lectura debiera retribuirse, creo que le debería a Mairal unos cuantos mangos.

2 comments 29/12/2005

HENNING MANKELL: Serie Wallander





No voy a hablar, hoy, de un libro en particular, sino de una serie.
Como casi siempre en estos casos, las series de libros dependen fundamentalmente de la potencia de los personajes centrales, antes que del ingenio de la trama. Y, cumpliendo con esa regla implícita del género, Kurt Wallander, el personaje creado por el sueco Henning Mankell, es maravilloso. Un policía inteligente, capaz de resolver casos, pero capaz, también, de involucrarse psicológicamente en ellos. Wallander -divorciado, un desastre con las mujeres, un padre incapaz, un buen compañero, amante de la ópera, con frecuentes problemas de peso y de salud- se enfrenta a los crímenes que se presentan en cada novela, pero se siente perturbado por ellos. Una de las preguntas más frecuentes que se hace el viejo Kurt, policía estrella de Ystad, es por qué la gente comete calamidades semejantes como las que se narran en los libros de la serie. Y cuando digo narran, me refiero a eso: se narran, y con lujo de detalles. Y el horror que generan en nosotros al leerlo es un poroto en comparación a lo que generan en el viejo Kurt.

Otra de las reglas que implica una buena serie es la que se refiere a personajes secundarios de peso. En la serie Wallander, Mankell da muestras de que le sobra muñeca, para eso. El padre de Kurt es un pintor mediocre, que pinta siempre, exactamente, la misma imagen, y que se siente molesto de que su hijo sea policía. La hija lo tiene carpiendo, y se traslada de un lado al otro, con apariciones esporádicas, y crece novela a novela -en importancia, en edad- hasta que se transforma en protagonista en “Antes de la lluvia”, aún no traducida al español. Los compañeros de trabajo son una galería que merece ser descubierta, y no deseo arruinarle la sorpresa a nadie.

Uno de los elementos que más me gustan de la serie, que leí enterita, es cómo logra reflejar los efectos inesperados de la mal llamada globalización. Suecia, un país que desconocía determinado tipo de crímenes, ve que su sociedad degenera, que comienza a haber asesinos seriales, empresarios corruptos -es maravilloso ver cómo en “El hombre sonriente”, lo que más le cuesta a todos es creer que un empresario exitoso puede ser un criminal, cosa que acá damos por sentado-. Suecia forma parte del mundo. Y Mankell, del universo de la novela policial. Lo mismo que Kurt Wallander.

Como punto en contra debería marcar las traducciones, que por lo general dejan bastante que desear. Sin embargo, la solidez de las historias actúa como buen contrapeso de esa deficiencia.

No digo más: lean Mankell, lean Wallander.

El orden en que lo publicó Tusquets es un tanto errático en relación al que fueron escritos, pero para leerlos habría que seguir el siguiente cuadro: a) “Asesinos sin rostro” (una extreordinaria lectura del racismo en los países del primer mundo); b) “Los perros de Riga” (para mi gusto, de lo menos logrado de la serie); c) “La leona blanca” (una maravilla, Wallander resuelve el caso sin darse cuenta que lo resolvió); d) “El hombre sonriente” (qué bueno sería que lo leyese Macri); e) “La falsa pista” (flojito); f) “La quinta mujer” (el mejor de la serie); g) “Pisando los talones” (redefine el término thriller); h) “Cortafuegos” (demasiado tecnológico para mi gusto); i) “La pirámide” (este último puede ser leído al inicio, pues son una serie de cuentos que, si bien escritos al final, se refieren al período previo a “Asesinos sin rostro”, cuando Wallander se iniciaba como policía).

Add comment 13/10/2005

PABLO RAMOS: Cuando lo peor haya pasado y ABELARDO CASTILLO: El espejo que tiembla



En cierta ocasión, Roberto Fontanarrosa dijo que los libros de cuentos son como los cd´s: tienen uno o dos hits, y el resto es relleno. Debe reconocerse que la afirmación se adecúa bastante a la realidad, pero también que hay excepciones a la regla.

Abelardo Castillo es, a esta altura del partido, un clásico. Como en otros tiempos sucedía con Borges, Cortázar, Bioy, Marechal o Arlt, no tiene demasiado sentido discutirlo, sino en verdad disfrutarlo. A mi entender, cuentos como “Conejo” pasarán a la historia, por su perfección, por su contundencia.
Sin embargo, dada esa prueba de talento en la pluma de Castillo, suele pedírsele “algo más”. Como si necesitara revalidar, libro a libro, el título de campeón de los pesos pesado. No creo que haga falta. Es probable que El espejo que tiembla (Seix Barral, 2005) reciba críticas dispares, en parte porque nunca nada le gusta a todos (ni tampoco a nadie), en parte por esa sobreexigencia que padecen ciertos autores. Habrá quienes hagan hincapié en el hecho de que hay cuentos que no están del todo logrados, o que son “demasiado clásicos” con su esquema introducción-nudo-desenlace (discursión no sólo demodé sino, también, insulsa, pues hasta esos mismos postulados de discusión al modelo se exponen en base a dicha estructura lógica). Sin embargo, lo más importante, desde mi punto de vista, es que una obra que incluye dos cuentos como son El tiempo de Milena (de una ternura y romanticismo que nunca había captado en la obra de Castillo, y que demuestra trabajar con maestría) y La mujer de otro (tiene el mejor inicio que recuerde haber leído en los últimos años: Siempre supe que iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche, y por si fuera poco el resto está a la altura de esas primeras oraciones), esa obra, decía, merece ser leída (y releída), y recomendada. Y saludada con alegría. Abelardo Castillo (luego del, para mí, traspié que significó El evangelio según Van Hutten) está de nuevo entre nosotros.

Pablo Ramos, por su parte, es (casi) un recién llegado al público local. El año pasado se editó su novela El origen de la tristeza, y ahora llega su libro de cuentos (Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Casa de las Américas) Cuando lo peor haya pasado (ambos, Alfaguara). La prosa de Ramos es precisa, contundente, lleva al lector de las narices por los sitios por los que él necesita que se pase para contar lo que tiene para decir. Y, siempre, tiene algo para decir. Lo cual, en los tiempos que corren, es más que mucho. Curiosamente (o no), Pablo Ramos también posee una estructura narrativa que podría incluírse en lo clásico. Y, al igual que Castillo, se dedica a explorar en zonas oscuras, para abandonarnos en ellas y enfrentarnos a aquello que muchas veces nos hace desviar la mirada.
Las dos perlas, para mi gusto, son Cuando lo peor haya pasado y El ángel del bar. Lo más maravilloso en ambos cuentos, y en el resto del libro, es que Ramos no esquiva nunca el bulto de los sentimientos de sus personajes. Va hasta el fondo con ellos, los desnuda, los hace queribles y, al mismo tiempo, se compadece de ellos. Algo que suele hacer la buena gente.

Lo que sí, debería plantear una pregunta: ¿por qué extraño motivo últimamente se editan muchos mejores libros de cuentos que novelas de autores argentinos, luego de que durante una década el mercado estuviese dominado por la novela? Pregunta para la que, de momento, no poseo respuesta.

Add comment 14/09/2005

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