



No voy a hablar, hoy, de un libro en particular, sino de una serie.
Como casi siempre en estos casos, las series de libros dependen fundamentalmente de la potencia de los personajes centrales, antes que del ingenio de la trama. Y, cumpliendo con esa regla implícita del género, Kurt Wallander, el personaje creado por el sueco Henning Mankell, es maravilloso. Un policía inteligente, capaz de resolver casos, pero capaz, también, de involucrarse psicológicamente en ellos. Wallander -divorciado, un desastre con las mujeres, un padre incapaz, un buen compañero, amante de la ópera, con frecuentes problemas de peso y de salud- se enfrenta a los crímenes que se presentan en cada novela, pero se siente perturbado por ellos. Una de las preguntas más frecuentes que se hace el viejo Kurt, policía estrella de Ystad, es por qué la gente comete calamidades semejantes como las que se narran en los libros de la serie. Y cuando digo narran, me refiero a eso: se narran, y con lujo de detalles. Y el horror que generan en nosotros al leerlo es un poroto en comparación a lo que generan en el viejo Kurt.
Otra de las reglas que implica una buena serie es la que se refiere a personajes secundarios de peso. En la serie Wallander, Mankell da muestras de que le sobra muñeca, para eso. El padre de Kurt es un pintor mediocre, que pinta siempre, exactamente, la misma imagen, y que se siente molesto de que su hijo sea policía. La hija lo tiene carpiendo, y se traslada de un lado al otro, con apariciones esporádicas, y crece novela a novela -en importancia, en edad- hasta que se transforma en protagonista en “Antes de la lluvia”, aún no traducida al español. Los compañeros de trabajo son una galería que merece ser descubierta, y no deseo arruinarle la sorpresa a nadie.
Uno de los elementos que más me gustan de la serie, que leí enterita, es cómo logra reflejar los efectos inesperados de la mal llamada globalización. Suecia, un país que desconocía determinado tipo de crímenes, ve que su sociedad degenera, que comienza a haber asesinos seriales, empresarios corruptos -es maravilloso ver cómo en “El hombre sonriente”, lo que más le cuesta a todos es creer que un empresario exitoso puede ser un criminal, cosa que acá damos por sentado-. Suecia forma parte del mundo. Y Mankell, del universo de la novela policial. Lo mismo que Kurt Wallander.
Como punto en contra debería marcar las traducciones, que por lo general dejan bastante que desear. Sin embargo, la solidez de las historias actúa como buen contrapeso de esa deficiencia.
No digo más: lean Mankell, lean Wallander.
El orden en que lo publicó Tusquets es un tanto errático en relación al que fueron escritos, pero para leerlos habría que seguir el siguiente cuadro: a) “Asesinos sin rostro” (una extreordinaria lectura del racismo en los países del primer mundo); b) “Los perros de Riga” (para mi gusto, de lo menos logrado de la serie); c) “La leona blanca” (una maravilla, Wallander resuelve el caso sin darse cuenta que lo resolvió); d) “El hombre sonriente” (qué bueno sería que lo leyese Macri); e) “La falsa pista” (flojito); f) “La quinta mujer” (el mejor de la serie); g) “Pisando los talones” (redefine el término thriller); h) “Cortafuegos” (demasiado tecnológico para mi gusto); i) “La pirámide” (este último puede ser leído al inicio, pues son una serie de cuentos que, si bien escritos al final, se refieren al período previo a “Asesinos sin rostro”, cuando Wallander se iniciaba como policía).






