Archive for Enero 2007

Sinónimos y antónimos

(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 21 de enero del 2006)

Osvaldo Soriano fue un autor muy leído: en todo el mundo, se vendieron más de un millón de ejemplares de sus libros. Sin embargo, en el circuito académico local su obra siempre resultó menospreciada.

Resultaría iluso suponer que ventas masivas son sinónimo de excelencia literaria. Pero, al mismo tiempo, resultaría iluso suponer que ventas masivas son antónimo de excelencia literaria. En otras palabras: de lo único que habla el volumen de ventas de una obra determinada es del grado de aceptación que tuvo dicha obra por parte del público en general.

Por lo general, en el circuito académico a Soriano se le achaca poseer una prosa desprolija, atolondrada si se quiere. Buena parte de las críticas que la academia centra en Soriano son similares a lo que en su momento se decía de Roberto Arlt, por lo menos hasta que Piglia modificó la visión sobre la obra del autor de “Los siete locos”. En lo personal, creo que las críticas del circuito académico acerca de Soriano radican en que se parte de una serie de sistemas de lectura –en su mayoría obsoletos- que dos actores fundamentales de la literatura no tienen en cuenta: el lector común y el autor.

Osvaldo Soriano consiguió establecer un potente lazo entre su obra y el lector. Hoy, ese tipo de relación resulta asombrosa, por lo menos en cuanto al volumen. Que hoy no exista ese tipo de relación entre escritores argentinos y lectores habla de tres elementos: los escritores, los lectores y los medios que establecen la relación entre ambos.

Dado que la idea era opinar acerca de Soriano, diré entonces, en relación a uno de los componentes que planteo, que su obra, su voz, poseía algo que es difícil encontrar en páginas contemporáneas: creía en lo que escribía; no se trataba de un impostor, de un malabarista de la palabra, sino, simplemente, de alguien que deseaba contactarse con los lectores a partir de su pasión. Esto es: contar historias.

2 comments 23/01/2007

Reseña Tomeo

(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 21 de enero del 2007)

LOS NUEVOS INQUISIDORES

Autor: Javier Tomeo

Género: Cuento

Otros libros del autor: El cantante de boleros, La patria de las hormigas, El cazador de leones compactos.

Editorial: Alpha Decay, $75.

Es probable que Carmen Balcells sea una de las mujeres más poderosas del mundo editorial hispano. Y no sólo por representar a los principales escritores de nuestra lengua –o, al menos, a aquellos más difundidos- sino porque gracias a su experiencia no se remite sólo a la representación sino también a aventuras editoriales específicas. Es así como se decidió a colaborar –con dinero y con su orientación- con Enric Cucurella y Diana Zaforteza cuando éstos se atrevieron –luego de haber trabajado para ella como lectores de inéditos en su agencia- a fundar su propia editorial, Alpha Decay, que apunta a difundir obras que por sus características propias no encuentran espacio en las editoriales tradicionales, tanto en lo que se refiere a ensayo como ficción. Así, con semejante madrinazgo, Cucurella y Zaforteza comenzaron a confeccionar un catálogo a su gusto, sin tener que remitirse a las presiones características “del mercado”. Una de las colecciones que crearon es Alfanhuí, dedicada a la publicación de ficciones inéditas, a donde pertenece Los nuevos inquisidores, de Javier Tomeo.

Nacido en Huesca (España) en 1932, Tomeo es un escritor y dramaturgo muy poco difundido en nuestro país, donde apenas si se pueden conseguir algunas pocas de sus obras, todas las que editó Anagrama en los últimos años. Esta ausencia de inserción de sus libros en nuestras librerías es una verdadera pena, puesto que lo que se descubre de él en la muy acabada antología Los nuevos inquisidores, donde se compilan distintas etapas de su obra –en algunos casos con correcciones, en otros con reescrituras completas-, es un autor tan personal como superlativo.

Si hay una pregunta que atraviesa los cuentos de Los nuevos inquisidores –lo que nos hace deducir que es una pregunta que atraviesa la obra de Tomeo- es “¿qué es la locura?”. Sin embargo, la respuesta al interrogante no se plantea desde la angustia –la soledad del loco- o desde la moral –la imperfección del loco-, sino que, muy por el contrario, lo que Tomeo intenta en los distintos cuentos es abordar la locura desde la vitalidad: desentrañar la lógica infrecuente como forma de, una vez logrado esto, brindar una nueva visión del “mundo normal”, utilizar la locura para reconstruir la racionalidad.

El primer y excelente cuento de la antología, “Conspiración galáctica”, es buen ejemplo de ello. Un hombre alojado en una roñosa pensión de un recóndito pueblo español se dedica a enviar cartas a destinatarios desconocidos –y, probablemente, inexistentes- en los que relata sus días atravesados por la preocupación acerca de que buena parte de la gente no es otra cosa que extraterrestres disfrazados, seres humanos secuestrados y devueltos por alienígenas, y, por otro lado, su relación con amigos tanto o más excéntricos que él y su amorío con la dueña de la pensión. Sin un solo golpe bajo o de efecto, Tomeo consigue transmitir con humor e ironía el humor y la ironía de ese hombre que desconfía de todos, que se sabe solo en el mundo –para el caso, en el universo- y que espera el momento en el que los extraterrestres irán finalmente a por él, puesto que “sabe demasiado”.

En cierto sentido, la prosa de Tomeo se relaciona con la de Boris Vian y Samuel Beckett en su utilización del absurdo –lo incomprensible desde la lógica cotidiana, aquello que se aparta por ser “raro” o alejarse de “la normalidad”- como forma de criticar el “mundo real”, pero sin caer en la moraleja o en la moralina. Hay párrafos que, con una hilaridad que arranca carcajadas, generan en el lector una incomodidad que brilla por su ausencia en obras supuestamente más profundas y que hablan desde “la razón”.

Por lo general, suele afirmarse que los libros de cuentos son desparejos, que cada uno tiene una calidad –o, si se prefiere, una apreciación por parte del lector- muy diferente. Esta sentencia no resulta aplicable a Los nuevos inquisidores: cada uno de los cuentos –agrupados de acuerdo a los distintos períodos creativos del autor- resulta potente de por sí, más allá de la antología en la que estén incluidos. Si bien, como se dijo, se trata de un recorrido seleccionado por la obra de este autor desconocido en nuestro país –y, por tanto, de haber elegido piezas específicas en demérito de otras que quizás no tengan la misma calidad-, atravesar sus páginas no sólo genera ese placer de lectura que invoca el deseo de que el libro no termine nunca, sino que se constituye en una imperiosa necesidad de conocer más de este autor ácido, inteligente, que no escatima el humor para generar una más que interesante e inquietante visión del mundo.

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