Archive for Octubre 2006
LOST (serie), de J. J. Abrams & Damon Lindelof (tercera temporada)
No sé si Dios existe, pero… Gracias a Dios que Lost ha regresado.
El final de la segunda temporada mostraba, al igual que la primera, los desastrozos resultados por parte de los perdidos a la hora de enfrentar a “los otros”, y no sólo eso, pues ahora la escotilla ya estaba abierta, Locke perdía la fe…
Una de las mayores virtudes de “Lost” es que los personajes son seres complejos. Si bien la estructura narrativa se basa en ir develando de a poco los backstorys de los personajes -cosa que muchas series, ahora, están haciendo- al mismo tiempo que se desarrolla la trama en la isla misteriosa, no es sólo una cuestión de acierto en la elección de estructura narrativa, sino que la creatividad que se pone en juego es mayúscula. Los personajes son complejos, sus historias son complejas y, en más de un caso, sorprendentes.
Por lo general, una de las características de la serie es que “nada es lo que parece”. Sin embargo, la utilización de ese recurso no resulta forzada en lo absoluto. La complejidad de los personajes hace que cada visita a su pasado sea, al igual que cada vuelta de tuerca de la trama en el presente/isla, un descubrimiento, una sorpresa, una nueva forma de acercarse a ese ser al que aprendimos a querer o a detestar. Nadie es del todo bueno, y nadie del todo malo.
La tercera temporada -de la cual hasta ahora ya se estrenaron cuatro capítulos- ES una vuelta de tuerca en más de un sentido. Desde lo promocional, se anuncia que se centrará en develar el pasado de “los otros”. Y, quizás como consecuencia lógica de ello, como introducción a ese nuevo ángulo desde el cual observar lo que se descubrió hasta ahora, los pasados de los personajes que se muestran ya no son tan agradables. Si en las primeras dos temporadas la narración de los backstorys hacía hincapié en lo perdidos que estaban en sus vidas antes del accidente, antes de quedar perdidos en la isla, y para ello se los mostraba, en cierto sentido, como víctimas, como seres superados por las circunstancias, por el medio que los rodeaba, que podía ser tanto o más hostil que la jungla que los rodea, en esta nueva temporada los pasados que se mostraron hasta ahora (el doctor Jack en el primer episodio, la coreana Sun en el segundo, el ex-tra-or-di-na-rio Locke en el tercero, el estafador Sawyer en el cuarto) comienzan a dejar evidencia no sólo de las tristezas de esos personajes como antes, sino también de sus miserabilidades, de sus debilidades, de que no son tan buenos como creíamos, quizás porque nadie lo es.
Para los ansiosos, les adelanto que en el primer capítulo (la primera escena es indispensable, reformula toda la serie) sabemos qué ocurrió con Jack, Kate y Sawyer luego de que fueran apresados por los otros, en el segundo sabemos del intento de Sayid, Sun y Jin por sorprender a los otros, en el tercero sabemos -¡al fin, era lo que más me importaba!- qué ocurrió con Locke, Eko y Hume (gran personaje, tiene todo para crecer hasta convertirse en clave), y en el cuarto, entre otras cosas, Kate finalmente elige entre Jack y Sawyer para decir “lo amo”…
Lo dicho, “Lost” ha vuelto. Gracias a Dios, exista o no.
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Amor perdurable
(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 22 de octubre del 2006)
TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA
Autora: Mario Vargas Llosa
Género: Novela
Otros libros de la autora: La ciudad y los perros, La casa verde, La tía Julia y el escribidor.
Editorial: Alfaguara, $39.
Quizás toda historia de amor sufra del mismo escollo: definir qué es el amor. En Travesuras de la niña mala, Vargas Llosa opta por la visión del amor como obsesión, una pasión que subsiste por la fuerza de quien ama más allá de lo que haga el otro, un sentimiento irracional –y autodestructivo- capaz de perdurar en el tiempo.
El argumento es sencillo. Ricardo conoce de adolescente a la niña mala, una supuesta chilenita a quien las vicisitudes de una fiesta y la envidia de las peruanas alejan. Luego, Ricardo se instala en París como traductor –lo cual, para el protagonista, es un logro en sí mismo-, donde vuelve a reencontrarse con la niña mala, sólo que entonces posee otro nombre y posee, también, otros elementos que la alejarán. Una y otra vez, la alejarán, pues la vida de Ricardito estará signada por esas apariciones esporádicas, distantes, de la niña mala, acaso la única mujer que ame en su vida.
La narración es lineal: si bien Ricardo escribe desde la resolución de su historia con la niña mala, el relato prefiere darle a los encuentros un orden cronológico y no adelantar lo que finalmente sucedió. Si algo resalta a lo largo de toda la novela, es la maestría de Vargas Llosa como escritor. No sólo por el excelente manejo del lenguaje –pocos autores podrían utilizar la cantidad de diminutivos que él incluye en la novela, y que al mismo tiempo resulten agradables a la lectura-, sino por la destreza de la trama. Los encuentros se suceden y el paso de los años puede ser vertiginoso, para luego hallar un remanso en la relación entre el pichiruchi –Ricardo- y la niña mala, que se constituye en la columna vertebral de la estructura de la novela, enriquecida por personajes secundarios que, en algunos casos, resultarán memorables. Vargas Llosa aprovecha, como es su estilo, para insertar esa historia si se quiere pequeña en un mundo de mayores dimensiones, y para opinar con soltura en afirmaciones que nunca resultan disonantes con el tono del relato.
Resultaría iluso suponer que Travesuras de la niña mala se ubica entre lo mejor de la obra de Vargas Llosa. Sin embargo, ante un autor de pluma maestra, lo que resulta una obra menor en relación a sí mismo se transforma en una novela indispensable para lo que son las mesas de novedades en las librerías.
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Humos del vecino
Cigarrillo feo. Cigarrillo malo. Cigarrillo sucio.
Y, como consecuencia:
Fumador feo. Fumador malo. Fumador sucio.
La ley que se implementó en la última semana en Buenos Aires no es novedosa: tiene sucedáneos en otras latitudes. Es decir: la idiotez no es patrimonio de los legisladores porteños.
Puede entenderse que a los no fumadores les moleste el humo de los fumadores, es cierto, y me parece razonable que si una comunidad decide no compartir su espacio con fumadores, les cierren sus puertas. Lo que resulta absurdo de la legislación es que se prohíba el mecanismo contrario: si una comunidad, minoritaria, desea compartir sus prácticas, no puede hacerlo. Es decir: si yo tengo un bar, soy fumador, y quiero abrir mis puertas para los fumadores, no puedo. ¿Por qué? Porque el cigarrillo es feo, malo y sucio.
Resulta particularmente lúcida la columna de Quintín -sí, leyeron bien, estoy elogiándolo- del domingo 8 de octubre en el suplemento Cultura de Perfil, por lo que no me explayaré en términos que él ya desarrolló con inteligencia. Lo que quiero remarcar es la idiotez. Argentina establece por ley el cupo femenino en las candidaturas políticas: piso del 50%. Lo cual, por cierto, es promisorio, puesto que la mujer había quedado relegada en la política nacional -de todas formas, a no festejar, pues resulta idiota suponer que los efectos de la política son una cuestión de género-. Lo más estúpido de la ley es que establece un piso para la presencia femenina pero no para la masculina. Es decir, una lista que posea el 100% de integrantes femeninos no viola la ley, no es discriminatoria. Sí lo contrario. Cada vez que se detecta una injusticia, giramos 180 grados para transformarnos en el anti. Antimachismo, por ejemplo, lo cual es tan enfermo como el machismo en sí. Y, ahora, antitabaco.
Dos cosas me hacen temblar: en EEUU (New York) ya el Estado se inmiscuye en qué platos se sirven en los restaurantes (deben ser sanos, porque el que no es sano no produce, es malo, feo y sucio), y lo otro es leer artículos de personas que se pregonan como inteligentes y lo único que hacen es escribir cosas como ésta. Es en momentos como este que me digo que a más de uno le vendría muy bien leer a Foucault. Y leerlo entero, no sólo las contratapas.
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DEADWOOD, de David Milch (Serie, Temporada 3)
La primera temporada había sido, si se quiere, perfecta. La segunda había bajado un poco el nivel, y hacía temer la continuación. La tercera temporada (la última que emitió HBO hasta ahora en USA) es, creo, la mejor de las tres. Porque si en la primera se podían disfrutar los personajes principales (Seth Bullock/Timothy Oliphant, el sheriff con mal carácter, y el más que extraordinario Al Swearengen/Ian Mc Shane, el dueño de la principal taberna y prostíbulo) y cómo se constituía su relación, la tercera temporada trae consigo, como suele suceder en las terceras temporadas de las buenas series, un antagonista mayor que obliga a modificar las reglas de juego, a conseguir que los dos protagonistas enfrentados deban reunir fuerzas. Y, por si eso fuera poco, los personajes secundarios crecen, y crecen. Y, por si fuera poco, la historia no se resuelve sólo a los tiros, sino que en este caso se trata más de una partida de ajedrez entre los habitantes originarios de Deadwood y el hombre capaz de comprar todas las voluntades (o destruír a quien se imponga en su camino), George Hearst/Gerald Mc Raney. Y, por si fuera poco, el elenco agrega a ese gran actor que es Brian Cox en el rol de Jack Langrishe, un productor teatral que desea llevar el arte a ese recóndito y bestial pueblo. Deseos y miedos se conjugan de forma casi matemática, y en cada capítulo uno espera ese enfrentamiento que los personajes no cesan de advertir que se producirá. Lo mejor, claro, queda para el final. Y, como casi todos los buenos finales, deja la puerta abierta para lo que será la cuarta temporada de Deadwood, en la que, como suele decirse, ya nada será lo mismo. Mi única pregunta al respecto es cómo podrán mantener este nivel superlativo.
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