Archive for Agosto 2006

Lo peor de sí

(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil, el domingo 27 de agosto del 2006)

El protagonista de Menos que cero regresaba a Los Ángeles luego de un año de estudios, y en sus vacaciones se reencontraba con su grupo de amigos que, tan perdidos como él, tan adolescentes como él, tan bien acomodados como él, se entregaban a un desenfrenado cóctel de sexo, drogas y rock and roll. Los protagonistas de Las leyes de la atracción, segunda novela de Easton Ellis, efectuaban un periplo similar, sólo que ya no de vacaciones sino en plena temporada de estudios, y en este caso se exploraban –con éxito- las distintas voces que componían un coro confuso, cansino, disonante. En American Psycho, Patrick Bateman era un exitoso yuppie neoyorquino, que cada tanto daba rienda suelta a sus instintos, tanto en el consumo compulsivo de electrodomésticos como en el sexo y, también, el asesinato. En Glamorama, Victor Ward –quien ya aparecía en Las leyes…-, modelo profesional, se embarcaba en la búsqueda de una ex novia suya, también integrante del mundo de las pasarelas, en una travesía que página a página se volvía cada vez más delirante.

Más allá de todos estos personajes, el protagonista de las novelas de Brett Easton Ellis es, justamente, él mismo. Maestro en el arte de autopromocionarse –alcanza con ver el documental This is not an exit-, no resulta necesario escarbar demasiado en sus protagonistas para descubrir elementos en común con el autor: desenfreno y sexualidad ambigua, pertenencia a una clase económica acomodada y, fundamentalmente, una sensación de desencanto acerca del mundo y de sí mismo.

En cierto sentido, los seres creados por Ellis –y él mismo- son marginados casi por iniciativa propia: se perciben ajenos a los que los rodea. Integrantes de grupos sociales vistosos, en las páginas de estas obras muestran lo peor de sí. Lo que equivale a decir que muestran lo peor de los tiempos que nos han tocado en suerte.

Add comment 30/08/2006

Taller de creatividad

En octubre inicio una nueva tanda del taller de creatividad literaria. Ocho clases con el siguiente programa:

Clase 1: El mito de la hoja en blanco; Cómo la realidad colabora en la elaboración de argumentos (Aproximación a la idea, 1)

Clase 2: Cómo lo que hicieron otros puede sernos útil; ¿Hay buenas y malas ideas o hay ideas apropiadas e inapropiadas? Cómo discriminarlas (Aproximación a la idea, 2)

Clase 3: La importancia del conflicto; Elección de ámbitos, o elección de historias a partir de ámbitos (Aproximación a la idea, 3)

Clase 4: Diseño de personajes protagónicos (protagonista, antagonista), roles y funciones (Desarrollo de la idea, 1)

Clase 5: Diseño de personajes secundarios, roles y funciones (Desarrollo de la idea, 2)

Clase 6: Cómo diseñar una buena trama (Los géneros y cómo pueden sernos de utilidad, 1) (Desarrollo de la idea, 3)

Clase 7: Cómo diseñar una buena trama (Los géneros y cómo pueden sernos de utilidad, 2) (Desarrollo de la idea, 4)

Clase 8: Cómo diseñar un buen inicio para la historia; Cómo diseñar un buen final para la historia (Desarrollo de la idea, 5)

Más info, diegogrillotrubba@gmail.com

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Informe de coyuntura

Como de costumbre, la literatura ha ocupado un sitio de cierta relevancia ante la opinión pública por motivos extraliterarios. “Escándalo”, es la palabra que dinamiza hoy a los medios de comunicación, y es a partir de ellos que la literatura (buena o mala) resulta difundida a pesar de sí.

Primero, el affaire Gunther Grass. Ahora, ya anciano (¿en el ocaso de su vida?), reconoce que de adolescente -en verdad, un púber- militó por un tiempo escaso en el nazismo. Claro que lo hace luego de haber recibido el Nóbel y de haber sido una voz moral que indicó en muchas ocasiones qué era lo correcto y lo incorrecto, desde el sitio de intelectual. Probablemente lo que no se le perdone sea justamente eso, que hablaba desde un sitio crítico, la mayoría de las veces con lucidez. Cómo él puede no haber sido lúcido de púber, parece ser la pregunta. La pregunta, en verdad, es quién carajo fue lúcido de púber. Al ver a ciertos críticos de la confesión a uno se le erizan los pelos de todo el cuerpo: ¿Walesa? ¿Quién arroja la primera piedra? Mejor dicho: ¿quién que haya producido un corpus literario de envergadura está en condiciones de arrojar la primera piedra? En ese sentido, hoy el diario de los Mitre publica una lúcida y lúdica reflexión de Claudio Magris, acá.

La pregunta, también, es por qué el Nóbel de Literatura sólo se le puede entregar a personas que sean ejemplos morales, cuando en verdad el premio se les da por su obra y no por su moralidad. Lo que nos lleva al otro escándalo de la semana: Borges. Mucho se ha dicho acerca de si lo merecía o no por motivos literarios, pero mucho más se ha dicho si lo merecía o no por motivos extraliterarios. Borges, a diferencia de Grass, habló antes de recibir el premio. Y, al igual que Grass, produjo la mayor parte de su corpus antes de recibir el premio. El premio, bien gracias. Supongo que, en ese sentido, Walesa y sus acólitos deben estar felices.
Pero bueno, en verdad lo que traslada a primera plana a Borges, hoy, en nuestro país, no es si merecía el Nóbel o no (lo cual, por cierto, inundó en su momento los suplementos literarios, sin que casi se hiciera análisis alguno de su obra) sino su legado. Hay obras inéditas, Gallimard intenta publicarlas y la heredera, María Kodama, se niega.

Para Occidente, un heredero es la forma en que se traduce el título nobiliario. Con el simulacro de abolición de la realeza, lo que se crea es una nobleza a la que, como espejismo, también accede la clase media: el traslado no de un título nobiliario sino de una propiedad o de dinero en efectivo o, para el caso, de una obra con valor económico. No existe diferencia entre que alguien sea barón o duque o conde porque es “hijo de” y el hecho de que alguien se haga acreedor de un departamento porque es “hijo de”. La diferencia está en el espejismo, el simulacro: ahora cualquiera es un noble. Cualquiera que tenga, claro. Cualquiera deja un legado, vendría a ser la fantasía, como si una propiedad lo fuese. Y el heredero se lo apropia, y a partir de entonces se maneja con él a su antojo. El control que efectúa Kodama sobre la obra de Borges, además de integrar ese cruel espejismo que hace creer que quien sobrevive al muerto tiene propiedad del muerto, arbitrario. En una ocasión hablaba con un editor (del que omitiré el nombre) que tenía a su cargo la reedición de las obras de Borges en libros muy cuidados, elogiables, y me contaba que las ínfulas de la Kodama en más de una oportunidad lo habían llevado a preguntarse si tanto esfuerzo valía la pena. “No sé quién carajo se cree que es”, me dijo. “Simple”, le respondí, “la persona que según la ley se apropia del legado”. Hay casos similares. En psicoanálisis, Jacques Alain Miller hace algo similar en relación a las obras de Lacan. En literatura fantástica, el hijo de Tolkien, si bien infinitamente más generoso que estos dos claros ejemplos de miseria humana, decide cuándo se publica algo de su padre. Y podría seguir.
Quizás, en su interior, Kodama crea que se trata de un acto amoroso, de su último lazo con aquel que ya no está, la única forma de retenerlo para sí, para mantener la exclusividad. Y eso si lo veo con buenos ojos. En lo personal, creo que el extraordinario cuento (lamentablemente, ahora no recuerdo el nombre) de Pedro Mairal incluido en “Hoy temprano” (ese gran libro de relatos) refleja mejor esa relación. Y en lo personal, también, prefiero quedarme con esa última imagen del ciego que escapa en su propia tiniebla para escapar de las ajenas.

Add comment 21/08/2006

"La habitación del niño", de Alex de la Iglesia

Entre los años 1964 y 1982, con interrupciones, Narciso Ibañez Serrador (hijo del gran Narciso Ibáñez Menta, que no fue culpable de ese engendro entre gore y chic que fue el pulpo negro, y que sí mucho tuvo que ver en esa gran película argentina que fue “Los muchachos de antes no usaban arsénico”) creó para la televisión española la serie “Historias para no dormir”. En muchos casos protagonizados por su padre, allí se abordaban historias de terror en el sentido más puro del género. Sin ironías sobre el género, sin guiños al espectador, lo que se buscaba era cumplir con lo que se anunciaba en el título: que el televidente se cagara en las patas. Ni más ni menos.

25 años después, ahora en el rol de productor, Ibáñez Serrador reflota el proyecto, pero ahora con una vuelta de tuerca: cada capítulo es dirigido por un director de cine reconocido, lo que eleva los costos pero también permite la posterior comercialización en DVD con los cinéfilos como destinatarios. El primer episodio, y único que vi hasta ahora, es “La habitación del niño”, de Alex de la Iglesia.

Quien haya visto la filmografía de este español inmenso, inmensurable, habrá podido notar que le debe más de un elemento al género del terror. Sin ir más lejos, la excelente “El día de la bestia” era una reformulación sobre el subgénero apocalíptico, que tiene sus basamentos (en medios audiovisuales) en “El bebé de Rosemary” o “La profecía”. Claro que de la Iglesia, desaforado, introducía dosis abundantes de
humor salvaje, guiños, se reía bastante del (y con) el género al que abordaba. Pero, como diría el Bambino, “la base estaba”.

En “La habitación del niño”, en una sabia decisión, de la Iglesia decide autolimitarse. No hay humor, no hay disgresiones, (casi) no hay ironías. El subgénero a abordar: la casa embrujada. La historia es simple: un matrimonio joven y exitoso que tiene un bebé compra una casa a un valor menor que el del mercado, y pronto descubren en el baby-talk (nunca tan bien utilizado como recurso, desde la también excelente “Señales”) voces extrañas, risas, lo cual se dispara cuando compran un aparato (desconocía su existencia en estas pampas) que, además de captar sonidos en la habitación del niño, toman imágenes. A partir de allí, el terror insinuado es puro, contundente, efectivo, en una historia que, si durase unos minutos más, a nadie extrañaría que -por contundencia del relato, por el nivel de la dirección, producción y actuaciones- se estrenara en los cines. Pero no, fue para la tele. Y ahora, a DVD y video (perdón, en España es vídeo).

Resulta más que interesante ver a este de la Iglesia que se autolimita (exactamente el proceso inverso que realizaba en la malogradísima “Perdita Durango”) a las estrictas reglas del género, y cómo los actores (excelentemente dirigidos) consiguen, de seguro sin haber abordado antes el terror, transmitir el miedo. “La habitación del niño” da cagazo, y mucho, y eso es porque está bien contada, bien pensada y aún mejor dirigida. Una joya que, esperemos, alguien traiga algún día a la tele vernácula. Aunque casi lo olvido: nosotros acá ya tenemos terror con productos como “Sangre fría”. Dios mío, eso sí que da miedo.

1 comment 21/08/2006

"Hojas de Tamarisco" (antología)

Lo que dirá la leyenda: cuatro jóvenes, hartos del sistema literario imperante, se juntaron y fundaron su propia editorial. La editorial fue bautizada “Hojas de Tamarisco”; dice, la solapa: “Editorial Tamarisco es, antes que nada, apuesta y búsqueda: que los buenos nuevos libros proliferen y crezcan en cualquier superficie”, lo cual es una declaración de principios más que elogiable.

Debo confesar que cuando me enteré por interpósitas personas del proyecto mi temor era que se tratara de una de esas editoriales “a pulmón” que, dado que lo son, publican ediciones impresentables, que da cosa ya el agarrar los libros. Los cuatro fundadores de Tamarisco, en cambio, optaron por la belleza. El resultado, desde la presentación, es casi inmejorable. Sutil, delicado, nada que ver con mis temores. Así que en ese sentido les agradezco.

Los cuentos publicados en la antología son cuatro, tantos como fundadores tiene la editorial, uno para cada uno. Voy a ellos, entonces, en estricto orden de aparición.

“Llegar a otro miércoles”, de Hernán Vanoli, me produjo, al finalizar su lectura, una sensación encontrada. Desde el punto de vista racional, respondía al tipo de literatura que en general no me gusta. Sin embargo, debo admitir que en la cuarta línea del texto ya me había atrapado con una narración apabullante, que de a ratos recuerda (por temática, no estilo narrativo) al documental “Balnearios”, en el mejor sentido. Intenso, veloz, Vanoli posee una voz a la que merece prestarle atención en el futuro.

“Otras fotos de mamá”, de Félix Bruzzone, es una verdadera joya. Y no lo digo porque Félix cada tanto deje comentarios en el blog, ni porque sea tan fanático de Independiente como yo. Félix Bruzzone, me atrevo ahora, será un gran escritor. Y digo más: lo es. Su cuento es un uppercut, pero en el buen sentido. A partir de una temática (hijo de desaparecidos en busca de recuerdos de su madre) que en otros habría llevado al melodrama más barato, en Bruzzone es un relato sutil, doloroso, íntimo, conmovedor, que permite adentrarse en lo que no se muestra en una primera lectura. Con mano firme, Bruzzone escribió un cuento que merecería estar en cualquier antología que aborde el tema, si es que ésta apela al buen gusto en vez de al populismo. Muy bien diez, felicitado, y recomendación de beca de por vida.

“Acto de fe”, de Sonia Budassi, es interesante. “Una extranjera rodeada de prejuicios”, dice en la solapa. Y es lo que es. Una voz narrativa femenina pero no feminoide transporta al lector a lo largo de las páginas en una travesía llena de patetismo (no en el relato, sino en los conflictos que debe enfrentar la protagonista), que permite una reconstrucción del propio espacio de la narradora. Desde mi punto de vista, y sé que es tarde para decirlo, lo habría acortado un poco. El resultado, de todas formas, está muy bien aunque mi temor es que en futuras obras Budassi abuse (“Budassi abusa” sería buen título para un cuento, ahora que lo pienso) de ese patetismo que está bien para un cuento. Ojo al piojo.

“Tréboles”, de Violeta Gorodischer, es digno de objeto de estudio. La idea es muy buena, la estructura es perfecta, el tono acorde a lo que se relata (la protección de una madre por su hijo, atisbos de locura por medio de un relato plagado de elipsis), y sin embargo no alcanza el muy bien. Digo, y espero que Violeta no se ofenda: en “Tréboles” se identifica con claridad el germen de una voz potentísima, pero la sensación que me queda luego de leerlo es que Gorodischer manejó muchas variables al mismo tiempo, le prestó muchísima atención a todas, pero quizás por eso mismo terminó por dejar de ver el bosque para centrarse en los árboles. No se trata de que el cuento esté mal, todo lo contrario: está bien, pero lo que me incomodó al leerlo era que podía estar excelente. Si debiera resumirlo en una palabra, diría que el cuento está muy contenido. O que es muy cerebral. De todas formas, hay en Gorodischer elementos que permiten, también, que uno esté alerta para leer sus próximos escritos y, en lo personal, quedo a la espera de que libere ese huracán contenido en su prosa.

Resumiendo: cuatro cuentos que merecen ser leídos, y un proyecto al que vale la pena apoyar. Recomendación absoluta o, como diría Cerati, recomendación total.

10 comments 20/08/2006

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