Archive for Enero 2006
Mi amigo E.
E. es compañero de trabajo, casi diría amigo. Tiene alrededor de 60 años, es diseñador gráfico. Y lo que contaré es absolutamente cierto.
Resulta que E. conoció a una china en un supermercado ídem que hay a media cuadra de su casa. La china tiene alrededor de 25, y es la que se dedica a cortar los fiambres que se soliciten. Según E., es bastante bonita. La cuestión es que el hijo de E. le había dicho en su momento, luego de salir con una oriental, que las mujeres provenientes de dicha cultura serían muy buenas en aspectos eróticos. En sus palabras: “dice que son muy serviciales, y que pueden pasar horas chupándotela”. E., desde que la conoció, intentó avanzar con ella. Le hacía comentarios, chistes, o al menos eso decía.
Hace una semana, pasó por mi oficina. Tenía puesta una remera amarilla, con ideogramas gigantes escritos a la altura del pecho. Cuando le pregunté qué era eso, me dijo: “La maté, Diego, te juro que la maté”. E. había ido al supermercado con la remera, y la china se había puesto colorada y se reía. E. me explicó qué significaban los ideogramas: “Quiero cojer con vos”. Se lo había hecho traducir por un amigo, y luego se lo había hecho imprimir en la remera por otro.
No uso sombrero, pero si llega a levantársela juro que me compro uno y me lo quitaré cuando pase delante mío.
3 comments 29/01/2006
CAPOTE, de Bennet Miller
La temporada de caza está a punto de comenzar. Y cuando digo “temporada de caza” me refiero a las películas que los estudios se reservan hasta fin de año para estrenarlas en las salas norteamericanas. ¿La razón de la fecha? Mantener fresco el título en la memoria de los votantes de la academia. Aumentar las chances para ganar la estatuita (¿por qué carajo en Argentina escriben “estatuilla”?).
Probablemente quienes hicieron “Capote” no estaban apostando a la gloria de vencer en “mejor película” (aunque quien sabe), pero de seguro vieron el potencial del conflicto y del personaje protagónico. Y, al ver a Phillip Seymour Hoffmann entrar en el estudio caracterizado como Truman Capote… Bueno, hubiera pagado por ver las caras ese primer día de rodaje.
Hay algo paradojal, en “Capote”. No se trata de una película biográfica, o por lo menos no en el sentido clásico del término: toma un espacio temporal determinado en la vida del escritor, desde que surge la idea de investigar los asesinatos que lo llevarían a escribir “A sangre fría” hasta la ejecución de los criminales. La ventaja de ese recorte es dejar de lado la deficiencia estructural de las biopics: ¿cuál es el conflicto de una película biográfica? ¿ver cómo el protagonista se transforma en el personaje histórico en que se convirtió? En “Capote”, lo trascendente es cómo el escritor aborda la problemática. Y lo paradojal es que es una obra de no ficción acerca de la escritura de una obra de no ficción.
El guión es sólido, lo mismo que la dirección. Un detalle: en su gran mayoría, se trata de escenas cortas, muy cortas, que van permitiendo el entramado de la historia general. Quizás las más largas son dos o tres diálogos entre Capote y Terry, el asesino. Y esa estructura dinamiza, favorece mucho a la película en sí.
Con inteligencia, director, guionista y actor dejan a la vista los conflictos del escritor ante la obra, los temores antes de escribir, el distanciamiento del mundo. No quiero adelantar más. Tan sólo enfatizar que vale la pena ver “Capote”.
Add comment 25/01/2006
Usos y muescas de la baraja, 25 años de narrativa argentina (primera parte: la encuesta)
Como sociólogo especializado (en parte) en análisis de la opinión pública, he aprendido que las encuestas no son ni buenas ni malas de por sí. No se trata de que nos brinden una verdad, sino que simplemente nos aproximan un dato. A grandes rasgos, la bondad o negligencia de una encuesta depende de dos factores: a) la calidad de la pregunta; b) la exactitud de la muestra. En otras palabras: que el dato sea interesante, y que sea fiable.
Como colaborador en algunos medios periodísticos, he aprendido que las encuestas pueden sacar las papas del fuego ante un cierre más o menos inminente, dato que no indica la bondad o negligencia de las encuestas sino que es, simplemente, un dato (tendencioso, si se quiere). Una vez más: uno puede hacer, sobre el cierre, una nota brillante o parrillar.
En su último número (12), la revista Oliverio realizó una encuesta a escritores, periodistas, etc., con el siguiente planteo:
Deseamos poner en discusión las tensiones internas en la identidad de la literatura que comenzó a escribirse en la Argentina desde los ochenta, es decir, desde el fin de la dictadura hasta nuestros días.
La consigna sería que escribieras un texto que haga referencia a tres ejes centrales: los cambios para bien y para mal que ha tenido la figura pública del escritor de 30 años a esta parte (qué ha remplazado al escritor-intelectual de los sesenta y setenta), el significado de “correr riesgos” hoy en la literatura argentina, superadas o perdidas las coyunturas políticas que hacían de la literatura una herramienta efectiva en el entramado social, y cuál fue tu experiencia personal con las tensiones del mercado editorial y la “la academia” y los espacios alternativos, y qué proyección ves en la generalidad de tu generación.
Primera observación: la pregunta era interesante (mejor dicho, es, porque se mantiene). Segunda observación: según comentaron en la misma revista, no se accedió a una muestra interesante, pues una gran cantidad de encuestados declinó su participación en la investigación/nota/artículo/dossier. Una pena. Y no por lo que hubieran sido los resultados de esas cinco obras votadas (lo cual implicaría un número, apenas, una fotografía de qué se consideraba entre los entrevistados, en la segunda mitad del 2005, como obras más importantes de la literatura argentina desde la dictadura en adelante, fotografía que hubiese podido quedar demodé en meses, cuando el resultado con la misma muestra hubiese podido ser distinto: se sabe, el tiempo influye, y por suerte la gente crece y es contradictoria) sino, en verdad, porque resulta apasionante (al menos para mí) ver qué votó cada quién. Los votos cantados pueden ser leídos en el blog de la revista Oliverio.
Dejo sólo algunas pistas para la lectura: hay autores que uno jamás relacionaría con los votantes (lo cual habla más que bien de dichos votantes, pues dejan asentado su apertura mental), hay votantes que votaron obras ignotas como para dejar en claro que sus saberes son especializados y únicos (y puede que lo sean)… en fin, que se trata de una vidriera en la que se puede observar qué rescatan los votantes, elección que en muchos casos nos hace conocer más de ellos que opiniones vertidas o escritos difundidos. Como dije: es interesante, y vale la pena leerlo.
4 comments 18/01/2006
La voz navideña (bonus track)
En su momento, expliqué qué había presentado para “Nuevas voces para otra navidad”. Por las dudas, y para no escribirlo de nuevo, pueden refrescar aquí su memoria.
El cuento (plagio involuntario, recalco) se llamaba, dada la temática de la antología, “La voz navideña”. Lo incluyo a continuación a modo de bonus track para quienes gastaron un peso en comprarse el libro. Y para los que no lo hicieron, también.
LA VOZ NAVIDEÑA
Fue el primer llamado. Había empezado a trabajar en el Centro de Asistencia al Suicida ese día, ese jueves 24 de diciembre de 1998. En verdad no era un trabajo, al menos en lo que se refiere a recibir un pago a cambio de nuestro esfuerzo; se trataba, como bien habían recalcado los capacitadores, de un voluntariado. Una decena de jóvenes como yo íbamos a colaborar ad-honorem con la institución en la semana que iba del 24 al 31 de diciembre, dado que para esas fechas los intentos de suicidio tienden a aumentar. El exceso de júbilo y festejos en la mayoría de la población produce su contraparte en los solitarios y en los que, aún acompañados, nadan las aguas de la desdicha.
El sonido del teléfono taladró el silencio de la oficina. Recuerdo aquel día, pero más aún recuerdo la voz del otro lado de la línea. Me voy a matar, dijo a modo de saludo. En el curso introductorio nos habían explicado que quien llama al centro suele pedir ayuda, y que por lo general quienes lo hacen no llegan al suicidio. El sólo hecho de que hubieran llamado, de haber tenido la voluntad de llamar, reducía en forma notoria las posibilidades de que fueran a quitarse la vida. Debíamos ser amables, más un oído que una voz: un espacio en el que quien llamase permitiera que acampasen sus esperanzas.
La vida no tiene sentido, continuó. La voz era femenina, y por el timbre, por las palabras que utilizaba, debía rondar los treinta años. Como yo. Era suave, contrastaba con la dureza de las palabras con las que calificaba su vida, o la descripción pormenorizada de cómo abriría la ventana e iba a saltar al vacío desde el quinto piso en el que vivía. Mi objetivo era el mismo que el de todos los que trabajábamos allí: hacerle entender que había otras personas, que había quienes podían ayudarla, que los problemas se podían solucionar y sólo hacía falta decidirse a hacerlo. No se cuándo, pero en algún momento la conversación cambió su rumbo. Yo, que debía ser un oído, me convertí en una voz que charlaba con ella, ya sin las perogrulladas que nos habían enseñado durante la capacitación. Horas más tarde, nos hacíamos chistes y reíamos, mientras en el resto de los teléfonos mis compañeros tenían conversaciones lúgubres. Al colgar, una sonrisa cubrió mi rostro. Acababa de salvar una vida. O al menos eso creí.
El año siguiente el 24 de diciembre cayó viernes. Dado que en mi anterior temporada los resultados habían sido positivos, que me había sentido útil luego de la nulidad de mis tareas como empleado administrativo en una oscura dependencia oficial, reincidí. Y, una vez más, el primer llamado que recibí fue de ella.
Más allá de que en la oficina tenemos identificador de llamadas y un sistema informático que nos permite ver la dirección y el nombre del titular de la línea que requiere de nuestra ayuda, más allá de que tenía ante mí, en el monitor de la computadora, un nombre que supuse suyo, para mí continuaba siendo ella. Su voz sonó idéntica a la de doce meses atrás, cuando dijo la vida no tiene sentido. No sé si me reconoció, lo cierto es que su monólogo desolado, prepotente, dio paso a un diálogo, y comencé a descubrir cosas de ella. Hubo una frase que, creo, originó que mi interés cambiara su sentido. No soporto a las personas que no se hacen preguntas, dijo. Creo que para entonces ya estaba enamorado.
Quizás ese sentimiento se hubiese apagado con el paso de los días, con mi regreso a la rutina burocrática, con el letargo de los sentidos que implican las tareas cotidianas. Pero en el 2000 volvió a llamar, y en el 2001, y en el 2002. Acudir como voluntario al Centro de Asistencia al Suicida se transformó, para mí, en una cita ineludible con ella, con su voz. Año a año, hasta el 2004, descubrí más facetas de su persona: trabajaba como secretaria, pero por las noches intentaba diseminar sus intereses. Año a año variaba de talleres: teatro, pintura, literatura. Buscaba, incansable, y cada fin de año arribaba a la misma desolación, y se reencontraba conmigo a través del teléfono. Año a año, durante la charla fantaseaba con la posibilidad de proponerle un encuentro, para luego remitirme al silencio. Con el tiempo, también, le otorgué un cuerpo a su voz. La imaginé atractiva –partí del lugar común que indica que las secretarias lo son-, de ojos oscuros, pelo azabache, más bien petisa, flaquita, frágil. La imaginé con dientes inmaculados, al momento de reír ante mis chistes telefónicos.
Este año, ya en noviembre llamé al Centro para avisar que volvería a ofrecerme como voluntario. El encargado aceptó, fascinado por el hecho de que alguien que no cobrase volviera a ofrecerse, navidad tras navidad.
Sin embargo, hoy no llamó.
Me senté al escritorio, y cuando sonó el teléfono pensé que sería ella. Atendí con una sonrisa, y me desilusioné al descubrir a un desempleado con voz temblorosa. Supuse que ella se habría atrasado, pero tampoco llamó más tarde. Temí que la hubiera atendido otro, pero revisé el listado de comunicaciones efectuadas durante el día y su número, que recordaba de memoria, no figuraba.
Hice lo único que estaba a mi alcance. Busqué su dirección en la base de datos de los años anteriores, y vine hasta aquí. Desde hace más de dos horas estoy de pie en la vereda de enfrente a su edificio. Fumo un cigarrillo tras otro, y pienso. En posibilidades, pienso. En que quizás la vida de ella mejoró y ya no necesita llamar atiborrada de desesperación. Puede que se haya casado, en el transcurso de este año, hasta que haya formado una pareja. La idea de que quizás su tristeza navideña fue más fuerte que nunca y no atinó a llamar sobrevuela, también. Puede, también, que no haya llamado para incitarme a que esté aquí, cigarrillo en mano, con los ojos clavados en la luz de esa ventana del quinto piso, en la sombra solitaria que puede pertenecer a ella.
Desde los edificios que me rodean, escucho las copas que entrechocan, los gritos al descubrir regalos. Son las doce de la noche. Suspiro, y apoyo un pie en el pavimento. Cruzo, y al hacerlo pienso en qué le diré. A esta altura, no importa.
Add comment 18/01/2006
SHOPGIRL, de Anand Tucker & Steve Martin
¿Hasta qué punto una película le pertenece a su director? Cuando me propuse hacer comentarios en el blog de las pelis que me gustaran me dije que el encabezado debía ser el título más el director. Supongo que por (de)formación cinematográfica, tiendo a creer que las películas son de sus directores, cuando en verdad en muchos casos, hoy, son más de los productores y, a veces, son los guionistas los que salvan la nave del naufragio. Volvamos a la pregunta original: ¿hasta qué punto una película le pertenece a su director? Anand Tucker dirigió “Shopgirl”, es cierto. Pero también es cierto que la película “Shopgirl” se basa en la nouvelle “Shopgirl”, de Steve Martin. Sí, el actor. El actor que, no casualmente, es el actor protagónico de la película. Y, también, el responsable del guión. Y, además, el productor. He ahí el motivo por el que en el encabezado puse “Shopgirl”, de Anand Tucker & Steve Martin. En el mejor de los casos, es, por lo menos, de ambos.
Leí la nouvelle en mi estadía italiana del 2002. La había editado Einaudi, por lo que leí una obra escrita en inglés traducida al italiano. Podrá considerarse una deformación, una imposibilidad de apreciar el original, y habrá algo de razón. Pero no se imaginan lo que es ver, en el cine, las películas dobladas al italiano. Eso es un flagelo.
Lo compré suponiendo que me haría reír. Steve Martin le resulta gracioso a parte del público, mientras que otra parte lo detesta. A mí me hace reír, me gusta eso de que se plante como comediante “inteligente” de Los Ángeles, que se atreva a plantearse como no imbécil sin habitar New York. En otras palabras: tiene huevos. Y, además, tiene gracias. Y, sí, creo que es inteligente. Y me hace reír.
“Shopgirl”, la nouvelle, no me hizo reír. O no mucho. O no como había imaginado. No es cómica. Es más bien triste. Dulce, también. Una maravilla. Una sorprendente maravilla. Tan simple como rotunda, perfecta. Cuando me enteré que la trasladaban al cine, lo primero que quise saber era quién la adaptaba (daba por descontado que Martin sería Ray Porter), y cuando supe que también lo haría él me tranquilicé, y corté clavos hasta verla. Y la vi.
“Shopgirl” es una historia de amor. O, mejor dicho, una historia de amor tal como hoy suele vivirse el amor. Esto es: difícil, complicado, cuando podría ser simple.
Mirabelle (Clare Danes, difícil no enamorarse de ella en esta película) ronda los 25 y trabaja en una gran tienda en el apartado de “guantes”. Como puede suponerse, se caga de embole. Conoce a Jeremy (Jason Schartzmann, el chico que le hacía la vida imposible a Bill Murray en “Rushmore”, que ahora está más crecido y, sin querer, le hace la vida imposible a otro comediante notable), quien cree ser artista y en la primera cita no puede ni pagar el cine, y las cosas no funcionan: Mirabelle querría que funcionen, hace el esfuerzo, pero no. Es entonces que entra en escena Ray Porter (Martin), un millonario que intenta seducir a Mirabelle cuidándose de no engancharse demasiado.
Uno de los mayores aciertos de la película es que muestra lo que muchas no pueden mostrar. Mientras que en la mayoría de las comedias románticas (y pelis románticas a secas) nunca se puede discernir qué es lo que fascina a cada protagonista del otro, cómo se lo seduce, en “Shopgirl” eso está más que claro. Ray Porter sabe cómo seducir a Mirabelle, y nos lo muestra en esa maravillosa imagen cuando le quita un reloj vetusto y la toma de la muñeca y le dice “ahora yo soy tu reloj” y ella, claro, se derrite. Mirabelle sabe también cómo seducir a Ray, cuando él va al baño y, al salir, se encuentra con que ella lo espera desnuda, boca abajo, en la cama.
Otro de los aciertos es la piedad del autor para con los personajes. No hay crueldad, se trata sólo de personas comunes que, como casi cualquier persona, no sabe muy bien qué carajo quieren. Comprometerse o no. Dedicarse primero a la profesión o al amor. Sentirse protegidos por otro o construir la propia vida. Y todo, claro, gracias Steve, sin un tono grandilocuente, sembrando las preguntas, los estiletazos, las observaciones, sin plantear una respuesta.
Soy de llorar en el cine. En este caso, frente al televisor. A mares. Es que el final es tan triste, tan lindo, que uno se queda sin palabras, que uno tiene que terminar su comentario acá.
Add comment 15/01/2006





