Originalmente se publicó en la revista virtual Letralia, hace cinco años, y desde entonces anda circulando por la web, tanto íntegro como fragmentado. Mando una última versión, que corregí cuando Maxi Tomas me pidió cuentos para La joven guardia.
El deseo según Ignacio de la Parra
A Carolina
El tipo estaba desesperado.
No soy psiquiatra sino cirujano plástico, pero no hacía falta ser un especialista de los vericuetos de la mente humana para darse cuenta de que el hombre que tenía frente a mí no estaba en sus cabales. Es curioso, he tratado siempre al cuerpo humano como una serie de elementos modificables, pero hasta ese preciso instante en que noté la desesperación en Ignacio de la Parra nunca había podido apreciar los pequeños detalles, los elementos que superan al conjunto.
Detalles como la transpiración, por ejemplo. Cientos de pequeñas gotas cubrían la frente del hombre. Parecían un halo que rodeaba su rostro, una especie de fuerza divina que parecía poseer Ignacio De la Parra. El temblor, también. En ese caso no se trataba de algo que lo rodeaba sino que semejaba una fuerza interior incontrolable que pugnaba por expresar su existencia. Temblaban sus mejillas, manos, labios. Todo lo que en él podía temblar estaba haciéndolo rítmica, simultáneamente.
El tipo estaba desesperado. No se preocupaba por ocultarlo. En realidad, casi podría decir que le gustaba mostrarse así.
Siempre le digo, a quien quiera oírme, que con los avances de la ciencia médica ya no existe la resignación. Sí ante la muerte, por supuesto, por ahora, pero nada más. Uno puede elegir cómo ser, quién ser, hasta cómo serán quienes lo sucedan en el árbol genealógico. Un pequeño defecto debería durar, hoy por hoy, lo que el suspiro del bisturí. Por supuesto que para alguien que reclame para sí las mieles del progresismo un argumento obvio será el que afirma que no todos pueden acceder a ciertos niveles científicos, que esos avances tienen un costo económico. Es cierto, uno tampoco puede andar regalando su saber a cualquiera. Pero no es éste el ámbito para discutir una cuestión tan pueril como esa, sino que en realidad lo que quiero es aclarar que Ignacio de la Parra no tenía problema económico alguno. De hecho, y aunque suene a lugar común, era un hombre de buen pasar.
Tenía el tamaño de hombre que en apariencia puede resultar insignificante, pero que -confirmando aquello que algunos trasnochados quisieran refutar- al vestirse con elegancia podía superar la intrascendencia de su cuerpo pequeño. Debería remarcar que sí tenía un defecto, uno de esos detalles que sólo un artesano como yo puede reconocer a simple vista. En la nariz, en el tabique, tenía alojada una loma pequeña que puede resultar muy cómoda para usar anteojos y que éstos no caigan hacia adelante, pero que a todas luces resultaba antiestética. De hecho, en un principio supuse que había ido hasta mí por ese detalle.
Lo admito, el suponer que un hombre de semejante nivel, casado -estoy en una profesión en la que descubrir un anillo de casamiento, o la marca de uno que fue recién sacado, nos proporciona una diferencia notable en el monto a pretender a la hora de pasar el presupuesto-, se preocupara por un detalle que lo haría ser perfecto excepto en la estatura, me hizo casi admirarlo.
Cuando entró al consultorio, le había preguntado:
-Viene por la lomita en la nariz, ¿no es cierto?
-Con mi nariz no se meta.
Se sentó en silencio, y cuando estuve frente a él me miró aún con los labios sellados.
-Bueno, si no es por eso… Usted dirá.
Entonces noté el sudor, y el temblequeo, y la mirada.
Era demasiado tarde para regodearme en los detalles, pues cuando tenemos un revólver apuntándonos a la cabeza el descubrir que quien lo porta está desesperado no hace sino empeorar las cosas.
-Soy Ignacio de la Parra –dijo.
Traté de mantener la calma. No era fácil, es cierto, pero tampoco imposible. Para quienes entramos a un quirófano los nervios son, casi diría, un dato inadmisible.
Como la loma en la nariz de Ignacio de la Parra.
-Usted operó a mi esposa.
-¿Sí?
Lo único que me interesaba era ganar tiempo.
Supuse lo peor. A veces, los injertos de silicona pueden estallar. La mayoría de los especialistas se refieren a material de mala calidad, pero también es cierto que una fatalidad puede suceder por más que se hayan utilizado materiales de primer nivel. Una silicona estallada puede provocar la muerte. Era una posibilidad pequeña, diminuta, insignificante desde el punto de vista estadístico, que el tipo de materia prima que utilizo hubiese estallado, y se convertía en un margen ridículo el que ese estallido químico hubiera matado a la mujer de De la Parra. Pero el tipo me apuntaba con su revólver, desesperado, y una bala pequeña, diminuta, insignificante, puede provocar un daño gigantesco.
-Tengo seguro -atiné a balbucear-, esto puede arreglarse por una vía judicial.
-Ya no hay vías judiciales para mí.
-Bueno, es cierto que la justicia en nuestro país no es lo que uno le desearía a un ser querido, pero tampoco hay que dramatizar. Vea, yo estoy dispuesto incluso a interceder en su favor ante la compañía de seguros, para que no haya juicio, y que usted cobre lo más rápido posible lo que le corresponde por el dolor que lo trajo hasta aquí.
El tipo se sorprendió. Por un instante, el revólver apuntó hacia otro lado, hacia el otro extremo del consultorio. Temí por los cuadros originales que decoraban las paredes, pero tuve la conciencia suficiente para saber que prefería mi vida a la inmortalidad del arte. Y, a decir verdad, aquel arte eran cuadros que había comprado en restobares de Palermo Hollywood, para contentar a mi esposa en varios de sus arranques de consumismo compulsivo.
Empecé, entonces, a abocarme a la búsqueda de ganar tiempo.
Me dediqué los instantes siguientes a mover los globos oculares. Inmóvil, con los ojos comencé a señalar los ocho rincones del cubo que conformaba el consultorio. Es una técnica oriental, que había escuchado una vez en un congreso de terapias alternativas. Se supone que la víctima quedará embelesada, hipnotizada por el andar irregular de las pupilas, y pronto mostrará señales de somnolencia. Lo expuso un hindú como forma alternativa de relajar a sus pacientes antes de las intervenciones quirúrgicas. En aquel entonces me reí de lo lindo -recuerdo que aprovechaba el tartamudeo del hindú para acercarme a una médica danesa burlándome de él-, pero bueno, cuando uno está desesperado apela a cualquier cosa.
-¿Qué hace? -preguntó horrorizado De la Parra-. ¿Está loco?
-Es una técnica que me explicó una vez un hindú en un congreso de…
-Eso no me importa -interrumpió.
Silencio.
Repasemos, entonces. El tipo estaba entonces desesperado por la situación de la esposa, desconfiado por mi actuar aparentemente demencial, y sorprendido por algo que yo no sabía qué era, algo que él mismo me aclaró enseguida.
-Usted dijo que quería aminorar el dolor que me trajo hasta aquí –dijo de la Parra-. ¿Y cómo sabe que estoy dolido?
-Bueno, usted mismo… Lamento lo de su esposa. ¿Cuándo murió?
-¿Cómo sabe que mi esposa está muerta? -la sorpresa invadió su rostro-. ¿Cuándo, dónde la enterraron?
-¿Su esposa no está muerta?
-¿No me acaba de decir que sí?
-No, yo pensé que usted me había dicho que había muerto…
Otra vez el dolor en la cara de De la Parra. Comparando, su rostro era más perfecto en los momentos de congoja, era como si de esa forma adquierese mayor masculinidad. Aunque sigo insistiendo en que debía operarse esa loma en la nariz.
-Ojalá hubiera muerto. Ojalá. No tendría los problemas que tengo.
-¿Quedó deforme? -la pregunta surgió por sí sola de mi boca; no hubiera sido la primera vez en que una operación no resultaba en lo que se había buscado.
-No, ella quedó hermosa. Usted la reconstruyó. Piernas, cola, pechos, cara, nariz…
-¿Ve que la nariz es un punto importante?
-…la cara, pómulos, orejas. Usted la hizo renacer. Quedó perfecta.
-¿Y entonces?
-Entonces me dejó.
Me puse de pie.
A esa altura, era obvio que Ignacio no iba a matarme. Un hombre desesperado por el abandono no mata a quien se le pone en el camino, porque tiene un objetivo mayor, el coto de caza máximo, el verdadero trofeo. El tipo quería matar a su esposa y, aunque por mi formación profesional soy naturalmente feminista, debo admitir que la postura de De la Parra me enterneció. Me detuve a su lado, y apoyé una mano en su hombro.
-Lo siento, hombre. Usted vio, las mujeres son todas iguales.
-Desagradecidas.
-Le propongo una cosa. ¿Por qué no me dice el nombre de ella y así la buscamos en mis archivos? Quizás dejó su nueva dirección, y la podemos… la puede ubicar para hacer con ella lo que se le cante. Lo único que le pido es que no difunda que yo le dije cuál era su paradero, se supone que es secreto profesional.
-No, no es eso, gracias. Yo sé dónde está, y con quién está. Lo que quiero es vengarme. Quiero que usted me opere.
Iba a preguntarle si de la nariz, pero me pareció redundante. Preferí dejarlo hablar. Con los clientes, uno tiene que hacer eso: dejarlos hablar hasta que ellos crean que tienen control de la situación, y luego esperar el pedido. Al fin y al cabo, su ruego viene siempre acompañado de una recompensa.
-Quiero vengarme de Sara. Ella me lo quitó todo. Prestigio, dinero, mis hijos. Se fue con mi jefe. Quiero demostrarle que él está con ella por haberse convertido en esa mujer que usted fabricó, y no por lo que es ella. ¿Usted se cree que el malparido la aprecia por lo que tiene adentro? No, por supuesto que no. Voy a demostrarle eso, y ella volverá conmigo, y seremos felices para siempre. Quiero que me convierta en mujer, doctor, quiero que usted me convierta en una mujer hermosa, aún más hermosa que ella. Quiero seducir a Di Natale, mi ex jefe, y que ella nos vea en la cama juntos, y después explicarle lo que hice por amor. Y volveremos. Ya lo creo que volveremos a ser felices.
Respetando el espíritu positivista que había aprendido en la facultad y que tantos cheques me había compensado, no antepuse ningún prurito moral a lo que me proponía Ignacio. Tan sólo me cercioré de que Sara, su ex mujer, no se hubiera quedado con todo su dinero y a él le quedara lo suficiente para pagar mis honorarios. Además, y no es porque quiera demostrar un falso filantropismo, me interesaba la operación de cambio de sexo. Nunca la había hecho, y compañeros hablaban de una experiencia fascinante. Y, además, tarde o temprano la autorizarán en nuestro país, y siempre conviene estar preparado para nuevas oportunidades.
Creo que no es el fin de este relato el explicar los pasos que fui dando, los cuales podrían resultar tediosos en manos de un escritor avezado, y obviamente insoportables en un iniciado como yo. Baste con aclarar que De la Parra fue ingiriendo una serie de hormonas que le receté para que fuera desarrollando interiormente el cambio de cuerpo.
Es una de las cosas más maravillosas de mi rama profesional, más allá de lo que opinen otros: muchos hablan de cierta artificialidad de los cirujanos plásticos, de fines puramente superficiales, hedonistas, pero lo cierto es que, antes de darse el cambio externo, tiene que existir una reformulación interior que pasa tanto por lo hormonal como lo genético. Deseché la psicología dentro del tratamiento previo, más por una cuestión de aversión personal por la práctica de Freud ya deformada que por una justificación estrictamente terapéutica.
Finalmente, luego de meses, tuvimos que salir del país para realizar la operación, pues aquí resulta ilegal. Recuerdo los ojos de Ignacio al subir al avión con rumbo a Santiago de Chile: parecía que un rapto de esperanza se había apoderado de su cuerpo. Y esa mirada no fue nada en comparación a cuando se vio en el espejo, ya convertido en mujer. La intervención en sí no fue complicada, y en esto sí quiero vanagloriarme: hasta el día de hoy ninguna lo fue para mí.
El cuerpo diminuto que antes desentonaba en su personalidad masculina, en este caso servía para hacerlo ver mucho más como mujer que la mayoría de las que vemos por la calle. Ignacio se movía frente al espejo en ropa interior, luego probó diversos vestidos, se maquilló, desfiló en la habitación de la clínica como si fuera una modelo. En un instante, se dio vuelta y me preguntó si estaba linda. Juro que hubiese querido contestarle que sí, pero al instante noté que la obra no era perfecta: la loma en su nariz, ese estúpido defecto que me había prohibido tocar aún cuando estuviera bajo los influjos de la anestesia total, desentonaba. No me quedó más remedio que decírselo.
-Bueno –dijo-, un pequeño defecto siempre sirve para que se pueda disfrutar el resto, ¿no es cierto?
Tengo que admitir que tenía razón, De la Parra. Ni bien volvimos a Buenos Aires nos separamos. Soy un hombre ocupado, y aunque me había encariñado con mi paciente tenía otras obligaciones que cumplir, cuentas que pagar. Fui con dirección a la oficina mientras ella iba al encuentro de Di Natale, su ex jefe, el hombre que le había robado a su esposa.
Más tarde supe que lo persiguió durante días, dejándose ver, queriendo seducirlo a cada instante en que creía que los ojos de su ex jefe podían llegar a posarse en ella.
Si soy cirujano plástico de éxito es porque soy bueno en lo que hago. Si tengo dinero es porque mi especialidad está bien pagada. Y si la cirugía plástica resulta costosa es porque la carne es débil. Es algo que sabemos todos los que nos dedicamos a esto. Por eso nunca tuve dudas de que Di Natale caería bajo los influjos de Ignacio de la Parra.
Primero un beso, luego otra cita, más tarde un albergue transitorio, jurarle amor eterno, proponerle una aventura –una trampa, en verdad, aunque Di Natale no lo sabía- como es hacerlo en la cama donde duerme con su esposa, y ser descubiertos. La carne es débil, y más de una vez las cosas se solucionarían si pensáramos qué quiere el cuerpo en lugar de la mente, porque en definitiva terminaremos haciendo lo que quiera la carne. La resistencia no es sólo una pérdida de tiempo, sino un escollo que tergiversará lo que debe ser.
Ahora bien, también es cierto que el cerebro es, por sobre todas las cosas, engañoso. A veces tenemos acciones planeadas con lujo de detalles que se convierten en nada en el momento de llevarlas a la realidad. A veces un hombre cree que mostrando el desamor de su reemplazante recuperará a su ex mujer, y no es así. Cuando permitimos que la carne gobierne nuestro cuerpo, debemos atenernos a una de las consecuencias más obvias: que lo que piensa el cerebro no necesariamente es lo que sucederá. Por ejemplo, no darnos cuenta de que Sara no nos querrá si nos hemos convertido en mujeres.
Lamentablemente, toda la intervención de Ignacio De la Parra en mi vida tiene un final gris. Sara en el extranjero, con los chicos, insultando a su ex marido por haberle arruinado el paraíso que finalmente había podido alcanzar luego de años de mediocridad conyugal. Ignacio De la Parra descubriendo finalmente que su ex esposa no merecía todo el amor que intentó prodigarle, y dedicándose en primer término a una batalla legal para obtener su documento de identidad donde figure el nuevo nombre con que se bautizó en una iglesia evangelista: Ángeles. Luego, me dijo cuando llamó por teléfono el viernes pasado, tenía por objetivo formar una pareja con el pastor que tantas cosas le ha ido enseñando de lo que es la redención y el amor. Finalmente, Di Natale solo, deprimido, probablemente desesperado y sin comprender cómo esa mujer era un hombre, para peor un ex empleado suyo.
Pero esto no termina aquí, lo sé. Si hay algo que me dice mi experiencia es que mientras haya carne hay posibilidad de cambio, lo que equivale a decir que mientras haya carne habrá esperanzas.
Estoy seguro de que algún día Di Natale vendrá a este consultorio pidiendo convertirse en mujer para vengarse de esa estafadora que lo dejó por otro: Ignacio de la Parra –o Ángeles- será su objeto de venganza, y tratará de herirla por medio de seducir al pastor evangelista.
O quizás lo haga Sara, pidiéndome volver a su estado anterior de imperfecciones para que nadie la reconozca, para así por medio de un cambio material permitirse un olvido interior de algo que, lo sé, lo intuyo, continúa carcomiéndola.
De todos modos, cualquiera sea el que lo haga, vendrán a mi consultorio con la misma desesperación que Ignacio tenía aquella mañana. Ya lo saben: sudor, temblores, etcétera.
Probablemente me apuntarán con un revólver, y probablemente flaquearán cuando hagan su pedido, y al igual que Ignacio rogarán:
-Por favor, doctor.
Sólo que entonces yo estaré preparado.