

En cierta ocasión, Roberto Fontanarrosa dijo que los libros de cuentos son como los cd´s: tienen uno o dos hits, y el resto es relleno. Debe reconocerse que la afirmación se adecúa bastante a la realidad, pero también que hay excepciones a la regla.
Abelardo Castillo es, a esta altura del partido, un clásico. Como en otros tiempos sucedía con Borges, Cortázar, Bioy, Marechal o Arlt, no tiene demasiado sentido discutirlo, sino en verdad disfrutarlo. A mi entender, cuentos como “Conejo” pasarán a la historia, por su perfección, por su contundencia.
Sin embargo, dada esa prueba de talento en la pluma de Castillo, suele pedírsele “algo más”. Como si necesitara revalidar, libro a libro, el título de campeón de los pesos pesado. No creo que haga falta. Es probable que El espejo que tiembla (Seix Barral, 2005) reciba críticas dispares, en parte porque nunca nada le gusta a todos (ni tampoco a nadie), en parte por esa sobreexigencia que padecen ciertos autores. Habrá quienes hagan hincapié en el hecho de que hay cuentos que no están del todo logrados, o que son “demasiado clásicos” con su esquema introducción-nudo-desenlace (discursión no sólo demodé sino, también, insulsa, pues hasta esos mismos postulados de discusión al modelo se exponen en base a dicha estructura lógica). Sin embargo, lo más importante, desde mi punto de vista, es que una obra que incluye dos cuentos como son El tiempo de Milena (de una ternura y romanticismo que nunca había captado en la obra de Castillo, y que demuestra trabajar con maestría) y La mujer de otro (tiene el mejor inicio que recuerde haber leído en los últimos años: Siempre supe que iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche, y por si fuera poco el resto está a la altura de esas primeras oraciones), esa obra, decía, merece ser leída (y releída), y recomendada. Y saludada con alegría. Abelardo Castillo (luego del, para mí, traspié que significó El evangelio según Van Hutten) está de nuevo entre nosotros.
Pablo Ramos, por su parte, es (casi) un recién llegado al público local. El año pasado se editó su novela El origen de la tristeza, y ahora llega su libro de cuentos (Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Casa de las Américas) Cuando lo peor haya pasado (ambos, Alfaguara). La prosa de Ramos es precisa, contundente, lleva al lector de las narices por los sitios por los que él necesita que se pase para contar lo que tiene para decir. Y, siempre, tiene algo para decir. Lo cual, en los tiempos que corren, es más que mucho. Curiosamente (o no), Pablo Ramos también posee una estructura narrativa que podría incluírse en lo clásico. Y, al igual que Castillo, se dedica a explorar en zonas oscuras, para abandonarnos en ellas y enfrentarnos a aquello que muchas veces nos hace desviar la mirada.
Las dos perlas, para mi gusto, son Cuando lo peor haya pasado y El ángel del bar. Lo más maravilloso en ambos cuentos, y en el resto del libro, es que Ramos no esquiva nunca el bulto de los sentimientos de sus personajes. Va hasta el fondo con ellos, los desnuda, los hace queribles y, al mismo tiempo, se compadece de ellos. Algo que suele hacer la buena gente.
Lo que sí, debería plantear una pregunta: ¿por qué extraño motivo últimamente se editan muchos mejores libros de cuentos que novelas de autores argentinos, luego de que durante una década el mercado estuviese dominado por la novela? Pregunta para la que, de momento, no poseo respuesta.



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