Archive for Septiembre 2005

TV

La semana pasada me entrevistaron, gracias a la difusión que tiene La joven guardia, para la TV. El programa se llama Cultura Cero, lo transmite canal 7, y creo que la nota saldría al aire hacia fines de esta semana o inicios de la próxima. Fui con Gabriela Bejerman, quien, a mi entender, opinó en forma bastante acertada. La periodista, Victoria, un fenómeno (en el buen sentido). Yo estaba recontranervioso (hasta me lustré los zapatos, antes de ir), y no recuerdo bien qué dije, así que sólo lo sabré cuando lo vea. Como es lógico, si lo que dije fueron estupideces diré que fue un problema de la edición.

Lo que sí recuerdo y me gustaría aclarar es la consigna final de la entrevista. Vicky nos pidió que le recomendáramos al público dos libros de autores nuevos, y lo lógico era que se tratara de autores integrantes de La joven guardia. Mi intención era recomendar tres: Signo de los tiempos, de Romina Doval (ver Escritos en debate), El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin, y el libro de cuentos de Pedro Mairal, del que no recuerdo el nombre y no lo tengo a mano porque siempre lo presto. Lamentablemente, ninguno de los tres libros estaba en la librería donde nos entrevistaron, por lo que opté por autores no tan jóvenes con dos libros excelentes, a mi entender. Pero aprovecho para dejar constancia que la intención era respetar la consigna con los tres libros que nombré. Y el resto, es silencio. Silencio catódico, para el caso.

Add comment 27/09/2005

CARNIVALE (Miniserie), de Daniel Knauf

Hoy no voy a comentar/recomendar una película, sino una (¿mini?)serie. Pude ver Carnivale gracias a un amigo que me pasó los DVDs de las dos temporadas, mientras que en nuestro país HBO aún está emitiendo la segunda temporada de doce capítulos, es decir que aún están a tiempo (decodificador mediante) de engancharla.

Una de las cosas que más me gusta de las miniseries es que, a diferencia de las películas, son una novela. Por estructura narrativa, por acumulación de conflictos, por cantidad de personajes y, claro, por duración, consiguen profundizar en la historia desde una variedad de ángulos que en cine resulta casi imposible. Y cuando digo casi debe entenderse un nombre: Paul Thomas Anderson, quien tanto en Boogie Nights como en Magnolia filmó novelas. El resto es cuento, con todas las virtudes y defectos del caso.

Carnivale se refiere, desde el título, a lo que en nuestro país podríamos llamar feria trashumante. Una serie de puestos que presentan atracciones de distinto tipo y que recorren pueblos casi como si se tratara de una caravana. Sólo que en este caso esos pueblos son del sur de Estados Unidos, y el año es 1930, y la gran depresión se siente en cada uno de los fotogramas de la serie. Y una de las mayores virtudes de la serie es que aprovecha al máximo la galería de personajes, freaks, que tiene a su disposición. Así, quien dirige (al menos en apariencia) el carnivale del caso es un enano cuya bonhomía no entra en cuerpo tan pequeño, interpretado extraordinariamente por Michael Anderson (quien ya apareciera en Mullholand Drive, de David Lynch), y están también la mujer barbuda, la tarotista y su hija (Clea Duvall, hermosa pese a tener casi la misma cara que su padre Robert, casi siempre elegida para hacer de lesbiana por ese mismo detalle), la domadora de serpientes, el vidente ciego (un intimidante Patrick Bauchau, que sólo participa en la primera temporada, con cameos breves en la segunda), dos prostitutas (madre e hija) regenteadas por el marido/padre, el hombre que cayó en desgracia y se ocupa de las tareas de fuerza, tales como armar los tinglados. Y, por supuesto, el chico que encuentran en el camino (Nick Stahl, impresionante que alguien que pueda hacer este personaje tan pero tan bueno haga del bastardo amarillo en Sin City), Ben Hawkins.

En un principio vemos a través de los ojos de Ben, el recién llegado, el que descubre ese mundo tan lleno de polvo, tan mugriento y hermoso a la vez (ojalá pudiera lograr lo mismo con mi cocina), el que abre los ojos a esa magia tan propia del sur de Estados Unidos (desde Faulkner hasta Big Fish) como de Macondo. Y no es casual, dado el emparentamiento con el realismo mágico, que exista otro emparentamiento: varios de los capítulos de Carnivale, los que cargan más el peso en los elementos oníricos, están dirigidos por Rodrigo García, emparentado (hijo) con Gabriel García Márquez. Pero decía que Ben Hawkins es nuestros ojos en un principio. Porque lo mejor de la serie es que, sobre todo en la segunda temporada, construye un héroe colectivo que hubiera envidiado el mismo Héctor Oesterheld. Y, claro, al héroe colectivo se opone el mal.

Clancy Brown fue siempre un actor secundario de peso, de esos indispensables para que los protagonistas se luzcan (recordar el guardiacárcel sádico de The Shawshank Redemption, entre otros). Es, aquí, un antagonista de tanto peso que, si no pasara a convertirse en el mal en estado puro, uno sospecharía que es el protagonista encubierto de la historia. Su Brother Justin no sólo es un personaje intimidante, sino que también resulta maravilloso. Ver a ese cura aparentemente bienintencionado caer y caer es un espectáculo aparte.

Hasta ahora, son dos temporadas. Para resumirlo, la primera es la presentación de los personajes, y narra en paralelo los itinerarios de Ben Hawkins y los suyos por un lado, y los del Brother Justin por el otro. Es cierto que en estos primeros doce episodios es demasiado lo que se insinúa y demasiado poco lo que sucede. Pero para eso está la segunda temporada, donde los caminos comienzan a cruzarse, donde uno observa fascinado cómo los hilos del destino van uniendo a estos seres perdidos, con una técnica que recuerda, en el buen sentido, The Stand (para mi gusto, junto con It y Salem´s Lot, lo mejorcito de Stephen King, además del extraordinario y verdaderamente aterrador guión que hizo para la TV, The storm of the century). Y adelanto: la cosa no termina al final de la segunda temporada. Y confieso: no aguanto a que empiece la tercera.

Quizás lo único que pueda criticársele a la serie es que, tanto la primera como la segunda temporada, tardan en empezar, se regodean en la presentación de los conflictos centrales de la trama, antes de que se desarrollen propiamente. Como en casi todas las series de la industria norteamericana, los guionistas y directores se van alternando, y, al igual que sucedía en X-Files, el creador se hace cargo del guión entero del capítulo cuando llegan los momentos trascendentes para la continuidad de la serie. Así que avisados: cuando vean que el capítulo es obra de Daniel Knauf, ajusten los cinturones. Así que avisados, también: no verla es un pecado. Uno de esos que ni siquiera el Brother Justin perdonaría.

3 comments 26/09/2005

PABLO RAMOS: Cuando lo peor haya pasado y ABELARDO CASTILLO: El espejo que tiembla



En cierta ocasión, Roberto Fontanarrosa dijo que los libros de cuentos son como los cd´s: tienen uno o dos hits, y el resto es relleno. Debe reconocerse que la afirmación se adecúa bastante a la realidad, pero también que hay excepciones a la regla.

Abelardo Castillo es, a esta altura del partido, un clásico. Como en otros tiempos sucedía con Borges, Cortázar, Bioy, Marechal o Arlt, no tiene demasiado sentido discutirlo, sino en verdad disfrutarlo. A mi entender, cuentos como “Conejo” pasarán a la historia, por su perfección, por su contundencia.
Sin embargo, dada esa prueba de talento en la pluma de Castillo, suele pedírsele “algo más”. Como si necesitara revalidar, libro a libro, el título de campeón de los pesos pesado. No creo que haga falta. Es probable que El espejo que tiembla (Seix Barral, 2005) reciba críticas dispares, en parte porque nunca nada le gusta a todos (ni tampoco a nadie), en parte por esa sobreexigencia que padecen ciertos autores. Habrá quienes hagan hincapié en el hecho de que hay cuentos que no están del todo logrados, o que son “demasiado clásicos” con su esquema introducción-nudo-desenlace (discursión no sólo demodé sino, también, insulsa, pues hasta esos mismos postulados de discusión al modelo se exponen en base a dicha estructura lógica). Sin embargo, lo más importante, desde mi punto de vista, es que una obra que incluye dos cuentos como son El tiempo de Milena (de una ternura y romanticismo que nunca había captado en la obra de Castillo, y que demuestra trabajar con maestría) y La mujer de otro (tiene el mejor inicio que recuerde haber leído en los últimos años: Siempre supe que iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche, y por si fuera poco el resto está a la altura de esas primeras oraciones), esa obra, decía, merece ser leída (y releída), y recomendada. Y saludada con alegría. Abelardo Castillo (luego del, para mí, traspié que significó El evangelio según Van Hutten) está de nuevo entre nosotros.

Pablo Ramos, por su parte, es (casi) un recién llegado al público local. El año pasado se editó su novela El origen de la tristeza, y ahora llega su libro de cuentos (Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Casa de las Américas) Cuando lo peor haya pasado (ambos, Alfaguara). La prosa de Ramos es precisa, contundente, lleva al lector de las narices por los sitios por los que él necesita que se pase para contar lo que tiene para decir. Y, siempre, tiene algo para decir. Lo cual, en los tiempos que corren, es más que mucho. Curiosamente (o no), Pablo Ramos también posee una estructura narrativa que podría incluírse en lo clásico. Y, al igual que Castillo, se dedica a explorar en zonas oscuras, para abandonarnos en ellas y enfrentarnos a aquello que muchas veces nos hace desviar la mirada.
Las dos perlas, para mi gusto, son Cuando lo peor haya pasado y El ángel del bar. Lo más maravilloso en ambos cuentos, y en el resto del libro, es que Ramos no esquiva nunca el bulto de los sentimientos de sus personajes. Va hasta el fondo con ellos, los desnuda, los hace queribles y, al mismo tiempo, se compadece de ellos. Algo que suele hacer la buena gente.

Lo que sí, debería plantear una pregunta: ¿por qué extraño motivo últimamente se editan muchos mejores libros de cuentos que novelas de autores argentinos, luego de que durante una década el mercado estuviese dominado por la novela? Pregunta para la que, de momento, no poseo respuesta.

Add comment 14/09/2005

Más repercusiones

Hace un par de semanas, salió en el periódico “Llegás a Buenos Aires” una reseña de Fernanda Nicolini acerca de La joven guardia, en la que cita a varios de los autores a los que les había enviado un listado de preguntas vía mail, entre los que me incluyo.

El sábado pasado Vicente Muleiro, en su columna semanal de la “Ñ”, tituló La argentinidad al palo. Se refirió a la antología y, también, desmenuzó mi cuento para referirse a la Argentinidad del título.

Les agradezco a ambos.

Tengo escaneadas las dos notas, pero no sé si postearlas por si hay algún problema legal en relación a los derechos. ¿Alguien tiene alguna idea al respecto?

Add comment 12/09/2005

CONFIDENCES TROP INTIMES, de Patrice Leconte


Una mujer entra en un edificio. Toma el ascensor. Sale. Busca una oficina por el pasillo. Toca el timbre, la atiende un hombre. Ella le dice que tiene una entrevista con el doctor, él le responde que la secretaria ya se fue, y que no tiene nada agendado. Ella, resuelta, entra. Una vez en la oficina de él, ella sentada del otro lado del escritorio, él le pregunta por qué fue hasta allí. Ella comienza a contarle los problemas de su vida, qué la angustia, qué la tiene a mal traer. Él escucha, en silencio. Ella va finalizando el monólogo, y comenta que ese día de la semana, a esa hora, le viene bien para proseguir el análisis. Se retira. Él se queda de pie, confundido: no es psicoanalista, sino contador.

Así comienza Confidences trop intimes, de Patrice Leconte, una pequeña maravilla. Sencilla, sin (desmesuradas) pretensiones. Luego, va construyendo la historia amparada en cómo se construye esa relación entre alguien que necesita ser escuchada y alguien que se presta a oír.

Leconte ya había hecho algo semejante -abordar relaciones desde lo inusual- en Le mari de la coiffeuse, en la que entregaba una de las mejores actuaciones del gran Michel Rochefort. Allí, el tema que rondeaba la historia era la locura. Aquí, la comunicación, la construcción de la fantasía acerca del otro, y cómo esa construcción ideal/idealista constituye uno de los troncos esenciales del amor.

Quizás pueda afirmarse que Leconte es un autor irregular, pero sin lugar a dudas que Confidences trop intimes se encuentra en uno de los puntos más altos de su cinematografía.

Ojalá que algún día la estrenen en la Argentina.

Add comment 08/09/2005

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