Me explayo: ¿cómo hace Burton para que un cuento de hadas resulte fascinante para personas para cualquier edad?
No respondo yo. Cito a C. S. Lewis: “Escribí esta historia para tí, sin darme cuenta de que las niñas crecen más rápido que los libros. El resultado es que ya estás demasiado grande para cuentos de hadas, y cuando éste se imprima serás mayor aún. Sin embargo, algún día llegarás a la edad en que gozarás nuevamente de los cuentos de hadas”.
Hay, entonces, dos edades para los cuentos de hadas. Aquella en la que se es inocente y aquella en la que se accede a la amargura que nos hace añorar la inocencia.
Un detalle. Las películas de Burton no son cínicas -a excepción de uno de sus mayores fiascos, ¡Marcianos al ataque!-. Burton se entrega a la historia, a la lógica inocente de la historia -porque incluso El Gran Pez era inocente-, y nos seduce luego de haberse dejado seducir.
Primer detalle. Un cuento de hadas no es necesariamente una pavada. Puede serlo, por supuesto, al menos a los ojos adultos. Puede no serlo, también. Charlie y la fábrica de chocolate no lo es.
Un hombre, un soñador -como el padre en Big Fish, como Vincent Price en Edward Scissorhands, como Ed Wood en, claro, Ed Wood- construye una fábrica de chocolate que no responde a la lógica capitalista sino a la lógica del chocolate. Cinco chicos y cinco parientes de éstos -uno por cada uno- ganan un pasaporte para visitarlo. Willy Wonka -Johnny Depp, quien al igual que en Pirates of the Caribbean toma una persona de la realidad (entonces de Keith Richards, ahora de Michael Jackson, aunque lo niegue) para transformarla en personaje, y lo hace de maravillas. Así como entonces no significaba que le gustasen los Rolling Stones, ahora tampoco significa que le fascine la pedofilia. Sí el aire estrambótico, alucinado, casi el de Ed Wood. Johnny Depp, luego de ésta, ya se ganó un lugar en el podio de su generación de actores -que comparte con Edward Norton y Ewan Mc Gregor y, también, con Jack Black, aunque en este caso sólo luego de que el gran Black interprete a Ignatius Reilly en la adaptación que se prepara de La conjura de los necios-.
Tim Burton, luego de ésta, luego de renunciar a ser más adulto como en Big Fish y por ende intentar el Oscar, se juega a hacer la suya. Y gana.
Tim Burton no dirige películas. Tim Burton, película a película, está creando una obra. Y, milagro de los milagros, lo hace solventado por la industria. Es decir que, cuando lo trascendente reditúa, no existe oposición entre el mercado y la calidad.
Porque Burton hace películas trascendentes. Habrá quienes digan que ésta es una película sobre chicos en una fábrica de chocolate. Puede que los haya. Prefiero afirmar que en este caso se trata de una obra acerca de la voracidad. Voracidad famélica -el gordito alemán-, voracidad por el éxito -por supuesto, una rubia hueca norteamericana-, voracidad por lo material -una burguesa londinense-, voracidad por la violencia -una vez más, EEUU-. Y habla, además de la voracidad, del hambre. O al menos eso vemos al final, cuando comprendemos que lo único que deseaba Willy Wonka era satisfacer su hambre de afectos, de confiar en los demás sin miedo al castigo.
Burton -tomando la obra de Roald Dahl hasta casi hacerla propia- no dice nada más que esto. Habrá quienes consideren que no es algo trascendente. Pobres.



