Archive for Agosto 2005

Presentación LA JOVEN GUARDIA

Me avisó Maximiliano Tomas (el antólogo) que ya está confirmada la presentación del libro.
La cita es el martes 30 de agosto a las 20 horas en el Torcuato Tasso (Defensa 1575).
Nos vemos ahí, entonces.

Add comment 17/08/2005

Otro comentario al libro

Va otro comentario acerca de La joven guardia, esta vez de Clarín.
http://www.clarin.com/diario/2005/08/16/sociedad/s-04101.htm

Add comment 17/08/2005

La autoayuda, ¿ayuda?

Escribo esto (casi) a pedido. Luego de una serie de infinitas disquisiciones en el laburo con compañeros de oficina, opto por dejar asentada mi postura respecto a la autoayuda.

Primera salvedad: no hablaré de los manuales de autoayuda, sino de los libros de ficción que apuntan a la autoayuda.

Segunda salvedad: debo ser sincero, nunca pude leer más de cincuenta páginas de uno de esos libros. La obra que más soporté -es un decir- fue La novena revelación -¿o era la décima?-, y porque quería mucho a la amiga que me lo regaló.

He aquí uno de los primeros ítems que debo resaltar. Por lo general, este tipo de libros -por este tipo debe entenderse las ficciones que traen aparejada una serie de revelaciones- vienen a modo de regalo. Una amiga o amigo, que nos quieren, nos traen, envuelto para regalo, el libro. La primera excusa que ponen es como leés tanto no sabía qué comprarte y luego, indefectiblemente, es un libro que a mí me cambió la vida, te va a ayudar. Afirmo, entonces: los libros, en términos generales, no cambian la vida, o no en forma directa. Por suerte.
¿Marcan hitos? Puede ser. Me recuerdo leyendo La ciudad y los perros dentro del coche mientras mi vieja hacía las compras en el Disco de la calle Bulnes, yo debía tener doce años y mi rebeldía consistía en no entrar con ella al supermercado, me recuerdo, decía, leyéndolo, la parte del concurso de masturbación que se asemejaba sobremanera a uno que habíamos jugado con amigos en el viaje de egresados de la primaria, y me dije que yo también quería escribir algo así (por suerte nunca lo hice). Me recuerdo leyendo El palacio de la luna, ya bastante más grandecito, y la sensación de que en esas páginas había un faro con el cual podía guiarme para comenzar a delinear un estilo.
¿Puedo decir que alguno de los dos libros cambió mi vida? Forzándolo, quizás. Lo cierto es que lo que hice no estaba escrito en esas páginas, sino que fue lo que surgió a partir de leerlas.

He aquí el segundo ítem. Los libros de literatura supuestamente trascendental dicen lo que uno debe hacer. Como los manuales de autoayuda pero con una ficción que sirve de velo para aquellos consejos que se le dan al lector. Una orden. Un imperativo que hubiera ruborizado a Marx, que no se atrevió a tanto ni en El manifiesto comunista. El problema de estos libros -y cuando digo estos libros me refiero a los de Paulo Coelho, Jorge Bucay, Herman Hesse, de quien detesto particularmente su Demián- es que le dicen al lector qué hacer una vez que hayan cerrado las páginas del libro. Como si la obra literaria fuera una directriz. Como si la experiencia particular de esos autores -y en esto soy benévolo, pues dudo que la mayoría de ellos haya pasado por las situaciones a partir de las cuales ejemplifica- fuera trasladable a los lectores. Como si la literatura existiera para cambiarle la vida a las personas.
Es decir: creo que la literatura no cambia la vida de nadie. Que los escritores, como cualquier hijo de vecino, los escritores de buena fe, como cualquier hijo de vecino de buena fe, intenten cambiar el mundo, es otro cantar.
Creo que, la buena literatura, la más ambiciosa, plantea preguntas. Alguna vez Dalmiro Sáenz -escritor que si tuviera la boca menos proclive a decir pavadas sería considerado con mayor justicia a partir de lo que escribió, en especial sus cuentos- dijo que una buena biblioteca no es aquella que genera respuestas, sino la que genera preguntas. Probablemente no se refiriera, pobre Dalmiro, tan bocón, a los ensayos, que por lo general, a partir de un esquema lógico, sí generan respuestas. Pero sí a la narrativa, o a la poesía. A la ficción.
Shakespeare hace que Hamlet se pregunte si es o no es, y con esa acción en el momento culminante de la obra consigue que el espectador atento se pregunte si él -o ella- es o no es. Si hiciéramos un paralelo, los libros de narrativa y autoayuda indican qué es lo que el lector es, asesinan la pregunta shakespeareana. Indican, también, qué es lo que el lector debe ser.

Pero hay otro asunto. Más allá de la disquisición, si se quiere, ética, que acabo de plantear, hay otro tema. Por lo general, estas obras no sólo indican sino que dicen exactamente lo que el lector quiere que le digan. Calculando más que Einstein a la hora de elaborar la teoría de la relatividad, estos autores -en esto debo excluir a Hesse, de quien intuyo cierta honestidad intelectual, más allá de que sus libros me resultan aberrantes- intentan que el lector se quede en paz consigo mismo. Apuntan, fundamentalmente, a que se acepte. Y el lector que compra esa clase de libros, por lo general, tiene unas ganas locas de aceptarse, con lo cual a cambio de unos billetes lee a alguien que le dice exactamente aquello que desea que le digan: que es lo que es porque debe serlo. Y el lector queda en paz consigo mismo.

Creo que la paz es mejor que la guerra, como (casi) cualquier persona. Pero también creo que la literatura no es una emisaria de la paz. La literatura ambiciosa plantea conflictos, no soluciones. Dudas, no respuestas. Aún recuerdo a Aldo Rico citando a vaya uno saber quién, cuando dijo que la duda es la jactancia de los intelectuales. Y sí. Lo es. La duda es lo que moviliza, por lo general. La literatura ambiciosa moviliza a partir de dudas. Los libros de ficción-autoayuda paralizan a partir de certezas. La respuesta está ahí, y con seguir una serie de preceptos más o menos sencillos, todo queda en paz. Del otro lado, el conflicto.

Un hecho curioso, o no tanto, es que la mayoría de ese tipo de libros sobreabundan en el término armonía -con el universo, con uno mismo-. Me gusta, abogo por la literatura que no serena al lector, que no lo hace sentir armónico con el mundo. Y estas líneas, espero, no son un manual de autoayuda para nadie que las lea.
Son para asentar lo que pienso y, con un poco de suerte, generar quilombo.

Add comment 14/08/2005

Se dice de mí… y de los demás

Bueno, parece que la cosa se mueve. Hace una semana que La joven guardia está en las librerías, y ya comenzaron a aparecer comentarios.

Hubo dos, hasta ahora.

El primero se publicó en La Voz del Interior, y resulta una lectura global interesante para identificar la generación o, si se prefiere, la joven guardia.

El segundo lo publicó Gustavo Nielsen en su blog personal. En este caso, le mando un agradecimiento especial por sus elogios que me hicieron poner colorado.

Cuando haya más, aviso.

A los que palmean la espalda, gracias de nuevo. Sirve, y mucho.

Add comment 14/08/2005

CHARLIE AND THE CHOCOLATE FACTORY, de Tim Burton

Primera pregunta: ¿cómo hace?

Me explayo: ¿cómo hace Burton para que un cuento de hadas resulte fascinante para personas para cualquier edad?

No respondo yo. Cito a C. S. Lewis: “Escribí esta historia para tí, sin darme cuenta de que las niñas crecen más rápido que los libros. El resultado es que ya estás demasiado grande para cuentos de hadas, y cuando éste se imprima serás mayor aún. Sin embargo, algún día llegarás a la edad en que gozarás nuevamente de los cuentos de hadas”.

Hay, entonces, dos edades para los cuentos de hadas. Aquella en la que se es inocente y aquella en la que se accede a la amargura que nos hace añorar la inocencia.

Un detalle. Las películas de Burton no son cínicas -a excepción de uno de sus mayores fiascos, ¡Marcianos al ataque!-. Burton se entrega a la historia, a la lógica inocente de la historia -porque incluso El Gran Pez era inocente-, y nos seduce luego de haberse dejado seducir.

Primer detalle. Un cuento de hadas no es necesariamente una pavada. Puede serlo, por supuesto, al menos a los ojos adultos. Puede no serlo, también. Charlie y la fábrica de chocolate no lo es.

Un hombre, un soñador -como el padre en Big Fish, como Vincent Price en Edward Scissorhands, como Ed Wood en, claro, Ed Wood- construye una fábrica de chocolate que no responde a la lógica capitalista sino a la lógica del chocolate. Cinco chicos y cinco parientes de éstos -uno por cada uno- ganan un pasaporte para visitarlo. Willy Wonka -Johnny Depp, quien al igual que en Pirates of the Caribbean toma una persona de la realidad (entonces de Keith Richards, ahora de Michael Jackson, aunque lo niegue) para transformarla en personaje, y lo hace de maravillas. Así como entonces no significaba que le gustasen los Rolling Stones, ahora tampoco significa que le fascine la pedofilia. Sí el aire estrambótico, alucinado, casi el de Ed Wood. Johnny Depp, luego de ésta, ya se ganó un lugar en el podio de su generación de actores -que comparte con Edward Norton y Ewan Mc Gregor y, también, con Jack Black, aunque en este caso sólo luego de que el gran Black interprete a Ignatius Reilly en la adaptación que se prepara de La conjura de los necios-.

Tim Burton, luego de ésta, luego de renunciar a ser más adulto como en Big Fish y por ende intentar el Oscar, se juega a hacer la suya. Y gana.

Tim Burton no dirige películas. Tim Burton, película a película, está creando una obra. Y, milagro de los milagros, lo hace solventado por la industria. Es decir que, cuando lo trascendente reditúa, no existe oposición entre el mercado y la calidad.

Porque Burton hace películas trascendentes. Habrá quienes digan que ésta es una película sobre chicos en una fábrica de chocolate. Puede que los haya. Prefiero afirmar que en este caso se trata de una obra acerca de la voracidad. Voracidad famélica -el gordito alemán-, voracidad por el éxito -por supuesto, una rubia hueca norteamericana-, voracidad por lo material -una burguesa londinense-, voracidad por la violencia -una vez más, EEUU-. Y habla, además de la voracidad, del hambre. O al menos eso vemos al final, cuando comprendemos que lo único que deseaba Willy Wonka era satisfacer su hambre de afectos, de confiar en los demás sin miedo al castigo.

Burton -tomando la obra de Roald Dahl hasta casi hacerla propia- no dice nada más que esto. Habrá quienes consideren que no es algo trascendente. Pobres.

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